El triunfo abrumador de Juan Manuel Santos en las elecciones presidenciales apunta a más de nueve millones de deseos de que haya continuismo en la política colombiana.
Sin embargo, unas buenas relaciones con el exterior, paradójicamente, dependen de la capacidad del presidente electo de distanciarse de su antecesor en varios frentes. La normalización de las relaciones con Ecuador y Venezuela constituye la tarea más urgente, no sólo porque un sinnúmero de problemas que amarran a Colombia a sus vecinos —quiéralo o no— exigen soluciones compartidas, sino porque la reducción del desempleo y la pobreza —dos objetivos del próximo gobierno— serán en parte producto de ello.
El estado terminal en el que se hallan las relaciones vecinales, junto con el historial de antagonismo que existe entre los presidentes Chávez y Correa y el presidente electo Santos, hace pensar que ello no será fácil. Desde que ejerció como periodista, Santos ha sido un crítico acérrimo de Chávez y la revolución bolivariana, y durante la campaña acusó al mandatario venezolano de querer impedir su llegada a la Presidencia. Chávez no sólo lo ha tildado de “mafioso”, sino que ha afirmado que es un peligro para la paz del continente. El resentimiento producido por el bombardeo de Angostura no es menos personal, por ser Santos uno de sus protagonistas.
De allí que la oferta de éste de entregar la información contenida en los computadores de Raúl Reyes, uno de los inamovibles para mejorar la relación con el gobierno Correa, puede considerarse un gesto positivo. Como lo ha sido también el lenguaje utilizado últimamente por Santos para referirse a los vecinos, el cual ha enfatizado el respeto a la diferencia. El que ambos países hayan respondido a su elección en los mismos términos confirma que la despersonalización y la diplomacia componen la hoja de ruta que hay que seguir.
En Estados Unidos, y más allá del deseo de Santos de preservar la alianza estratégica con Washington, el fantasma de los falsos positivos sigue rondando. Algunos congresistas demócratas que conocen la problemática colombiana consideran que a pesar de haber denunciado estos crímenes a posteriori, el entonces Ministro de Defensa no hizo lo suficiente por darlos a conocer ni garantizar el castigo de los responsables.
La reunión de Santos con las altas cortes, junto con el anuncio de que su fórmula vicepresidencial, Angelino Garzón, realizará un diagnóstico de la situación de derechos humanos en el país —ojalá con participación de las ONG y sin estigmatizar— son señales de humo que serán bien recibidas.
Un último punto en el que hay que tomar distancia del pasado si se quieren recomponer las relaciones internacionales es el de los nombramientos diplomáticos. Si bien el presidente electo ha manifestado que su proyecto de unidad nacional no contempla prebendas burocráticas, es obvio que quienes apoyaron su campaña le pasarán cuenta de cobro. Un pronunciamiento explícito y público de que Santos no utilizará el servicio exterior como botín despejaría muchas dudas. Siendo el pragmatismo uno de sus mayores atributos, es de esperar que el nuevo Presidente de Colombia se aleje del gobierno Uribe en aquellos temas que lo exigen apenas estrene el cargo. A pocos días de haberse elegido, ha comenzado a dar unos primeros pasos. Esperemos que así continúe.