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Con aliados así, para qué enemigos

03 de marzo de 2015 - 10:40 p. m.

En 2006, los reconocidos internacionalistas John Mearsheimer y Stephen Walt publicaron un polémico artículo convertido posteriormente en libro, en el cual plantearon que la influencia del poderoso lobby proisraelí, encabezado por el American Israel Public Affairs Committee (Aipac), no sólo impedía cualquier debate franco sobre las relaciones entre EEUU. e Israel —al tildar toda crítica de antisemitismo, o “traición a los suyos” en el caso de los judíos—, sino que tergiversaba la política exterior de tal forma que ponía en peligro su propia seguridad, así como la del resto del globo.

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La alianza irrestricta con Israel ha sido una fuente de antiamericanismo en Oriente Medio que ha impedido entablar relaciones más constructivas con el vecindario. Peor aún, ha llevado a tomar malas decisiones en política exterior, incluyendo la invasión a Irak en 2003 y la postergación hasta hace poco de negociaciones nucleares con Irán. Pese a ser el mayor receptor en el mundo de ayuda militar y solidaridad diplomática estadounidense —tal y como se registra en la defensa repetida de ese país en la ONU—, Israel no se comporta como un aliado cuyo propio bienestar depende en buena medida de su “relación especial” con Washington. Ha ignorado la petición estadounidense de pararlos asentamientos ilegales en territorio palestino y ha renegado de numerosos compromisos hechos ante su “patrón”.

La visita a Washington del primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, planeada con el portavoz republicano de la Cámara de Representantes, John Boehner, sin aprobación de la Casa Blanca, confirma lo argumentado por Mearsheimer y Walt. Además de sabotear las negociaciones realizadas por el G5+1, cuyo plazo para producir un acuerdo marco para la limitación del programa nuclear de Irán vence el 24 de marzo, se especula que Bibi busca fortalecer su partido dentro de las reñidas elecciones israelíes del 17 de este mes. El mensaje principal de su incendiario discurso ante el Congreso —boicoteado por más de 50 legisladores demócratas y criticado por integrantes de su propio establecimiento de seguridad— fue que el acuerdo que Obama trata de asegurar con Irán es ingenuo y constituye una amenaza existencial para Israel, y que se debe aumentar la presión internacional sobre Irán con sanciones más fuertes. Ni hablar de su inmenso cinismo al condenar la proliferación armamentista en la región, al tiempo que Israel se sigue rehusando a reconocer la existencia de su propio arsenal nuclear.

Netanyahu prefiere bombardear a Irán —con los resultados catastróficos que ello traería— que permitir que su programa nuclear sobreviva bajo veeduría internacional. En contraste, Obama ha sostenido que la posición estadounidense en Oriente Medio, así como la seguridad de la región en general, se beneficiarían de la negociación, y que la flexibilización de la posición iraní frente al asunto del enriquecimiento del uranio y el lento ascenso del ala moderada, encabezada por Hassan Rohani, refuerzan la sensatez de dicha estrategia. Felizmente, el desdén con el que Bibi acaba de actuar frente a la Casa Blanca, que viola el elemental protocolo, podría fracturar la “relación especial” enclenque que existe entre EE.UU. e Israel.

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