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Consecuencias de un sueño primermundista

04 de junio de 2013 - 06:40 p. m.

Es difícil saber lo que pretendía el presidente Santos con el anuncio hecho ante las Fuerzas Armadas de que Colombia suscribiría un acuerdo de cooperación con la OTAN “con miras también a ingresar a esa organización”.

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Sin embargo, e independientemente de sus intenciones, los efectos —desde la necesidad de brindar explicaciones públicas y la clarificación de la OTAN de que por simple geografía Colombia no puede aspirar a ser miembro, hasta las reacciones virulentas de Venezuela, Nicaragua y Bolivia— indican una enorme metida de pata.

Especular que se trató de una jugada táctica que buscaba crear mayores márgenes de maniobra frente al gobierno de Nicolás Maduro —como tal vez sí ocurrió con la polémica visita de Henrique Capriles— suena ilógico, precisamente por la astucia con la que se han manejado las difíciles relaciones bilaterales y el papel de Venezuela en el proceso de paz. La situación interna de ese país —sobre todo el deterioro de la vida cotidiana provocada por la escasez de elementos básicos— hacía previsible que Maduro volviera a buscar en Colombia un chivo expiatorio y condenara lo de la OTAN como un ataque a la paz de Sudamérica peor que el de las siete bases militares. Como también era de esperar que Nicaragua interpretara el pronunciamiento de Santos como un mensaje dirigido a ese país, dado que aún está pendiente la respuesta de Colombia frente al fallo de la Corte Internacional de Justicia.

Igualmente, reducir todo a Venezuela es perder de vista las aspiraciones globales de Santos. Tras el anuncio de la admisión de Colombia a la OECD y su posicionamiento como exportador de seguridad en Centroamérica, México, el Caribe y, crecientemente, África Occidental, el paso “natural” en el camino hacia un rol internacional más significativo es una alianza con la OTAN. En palabras del presidente en el mismo discurso que causó la polémica, “porque Colombia tiene derecho y puede pensar en grande… porque estamos llenándonos de razones para ser los mejores… del mundo entero”.

Es importante recordar que en 2006 hubo rumores de que EE.UU. estaría gestionando la membresía de Colombia en la OTAN. Si bien el gobierno Uribe lo desmintió y hubo consenso de que sería un error por las tensiones que generaría con los países vecinos, un año después, siendo ministro de Defensa, Santos escribió un artículo en el NATO Review con el fin de identificar las lecciones del “exitoso” modelo de la consolidación para países como Afganistán.

Es decir, más allá del error semántico en el que incurrió el mandatario colombiano al vaticinar el ingreso a la OTAN, el interés no es nuevo. Tampoco es singular. Además de sus 28 miembros, todos del Atlántico Norte, la organización mantiene relaciones estratégicas con un número creciente de órganos regionales y países individuales, la mayoría de los cuales han sido clasificados por EE.UU. como “gran aliado extra-OTAN” —como ocurrió con Argentina en 1997— con los beneficios militares y el valor simbólico que implica tener una “relación especial” con Washington. En resumidas cuentas, una estrategia de política exterior que parece buscar otro objetivo —materializar el ingreso de Colombia al club primermundista— tuvo consecuencias inadvertidas y desafortunadas. Lo cual sugiere que además de póquer Santos debe aprender malabarismo.

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