Una de las principales noticias en el país esta semana (aunque por fuera no) ha sido la «toma» de París y de Asia por parte del presidente Santos y la canciller Holguín.
La solicitud de membresía en la OECD – el “club de las buenas prácticas” en palabras del mandatario colombiano –, la expansión de los lazos con Francia, la reapertura de la embajada en Indonesia y el lobby para ingresar a la APEC constituyen tan solo algunas de las acciones emprendidas como parte de una estrategia general de diversificación geográfica y temática de la política exterior.
No es la primera vez que Colombia intenta reorientar y expandir su contacto con el mundo. Desde el gobierno de Carlos Lleras Restrepo (1966-1970) se han realizado esfuerzos cíclicos por diversificar las relaciones políticas y económicas del país con el fin de reducir su dependencia frente a los Estados Unidos y potenciar su capacidad de negociación internacional. Sin embargo, más de tres décadas después, el alcance de la diplomacia colombiana sigue siendo reducido en comparación con otras naciones de tamaño similar. En lo político, podría incluso afirmarse que ésta sufrió una implosión durante los años Uribe. Y en lo económico, a pesar de que el país ha suscrito un sinnúmero de tratados de libre comercio y acuerdos de inversión, el intercambio sigue teniendo como centro de gravedad a Estados Unidos (aún sin el TLC). Desde 1995, los principales socios comerciales de Colombia son básicamente los mismos y en proporciones similares, con las importantes excepciones de China y Venezuela.
Lo que más recuerda el proyecto actual de Santos es el del gobierno de Virgilio Barco (1986-1990), que también coincidió con una coyuntura nacional determinante (aunque diferente), caracterizada por la apertura y la internacionalización del país. Ése, como buen pragmático, desenfatizó el factor ideológico en la conducción de la política exterior y afirmó la independencia colombiana frente a Washington. Su diplomacia económica buscó diversificar las exportaciones, aumentar las contrapartes internacionales, cultivar buenas relaciones con los organismos financieros y suscribir mayores acuerdos de integración. Para todo ello, fueron adoptadas medidas para modernizar y profesionalizar el Ministerio de Relaciones Exteriores. Aunque César Gaviria (1990-1994) dio continuidad a la política señalada e incluso la profundizó, la diversificación siguió siendo una meta esquiva.
Estamos asistiendo a un cambio significativo (y bienvenido) en la política exterior, el cual se evidencia tanto en el discurso del gobierno Santos como en sus acciones. Sin embargo, la historia colombiana reciente sugiere que la decisión de adoptar una estrategia nueva no es garantía de que esta se implemente y mucho menos de que arroje los resultados deseados. Un gobierno que no dispone de instrumentos idóneos para implementar la política exterior difícilmente podrá alterar la que tiene. Y hasta ahora, y a sabiendas de que el cuatrienio apenas inicia, es poco lo que ha cambiado el contexto burocrático de ésta. Que se sepa, el Presidente ha seguido la costumbre de nombrar a los “amigos” en cargos diplomáticos cruciales y todavía no hay ningún plan de fortalecimiento de la Cancillería. A pesar de que en muchos otros sentidos el país de hoy no es el de ayer, en lo que se refiere a los recursos institucionales con los que cuenta para efectuar una diversificación genuina, no estamos tan lejos.