El centro comercial Westgate es uno de los más lujosos de Nairobi, un templo del exceso capitalista en donde el 1% de la sociedad keniana y residentes extranjeros pueden comprar todo lo que se consigue en cualquier país desarrollado, aunque a precios mucho más altos.
Relata una amiga brasileña que vive allí que los fines de semana en Westgate son un tenso teatro de interacciones entre nacionalidades, clases sociales, razas, géneros y religiones diferentes. Algo no muy distinto a lo que se observa en el Andino, Atlantis o Retiro en la Zona T de Bogotá, si uno detalla bien lo que ocurre dentro y fuera de esos recintos consumistas.
El fin de semana pasado integrantes de Al Shabab, un grupo somalí (cuyo nombre traduce “movimiento de jóvenes yihadistas”) afiliado con Al Qaeda, tomaron el centro comercial por la fuerza. Hasta ahora el saldo de muertos —que incluyen un sobrino del presidente Uhuru Kenyatta, una periodista británica con seis meses de embarazo, un reconocido poeta y diplomático de Ghana, y numerosos kenianos y extranjeros inocentes— asciende a 69, los heridos a casi 200 y los desaparecidos a más de 60. Cuentan testigos que al entrar los militantes armados anunciaron en swahili que todos los musulmanes saldrían ilesos. Y exigieron que sus rehenes rezaran en voz alta y nombraran a la madre del Profeta para identificar y ejecutar a los no musulmanes.
Según el presidente Kenyatta, se trata de un ataque contra “formas de vida occidentales” en Kenia, el más grande desde el bombardeo de la embajada de Estados Unidos en 1998. Como la franquicia Al Qaeda del Magreb Islámico (AQIM) exige que todos sus afiliados, entre ellos Al Shabab, sean voceros de sus mensajes globales, la mayor parte ha realizado algún ataque contra intereses o símbolos de Occidente. Pero al mismo tiempo, voceros de Al Shabab han calificado de “violencia retributiva” la toma de Westgate, por las vidas musulmanas que ha cobrado la presencia de tropas kenianas en territorio somalí. Además de operativos militares regulares en la frontera común, Kenia es el líder principal de la Misión de la Unión Africana en Somalia (con aval de la ONU), cuya función central es defender al gobierno de ese país.
Al subsumir este episodio dentro del lente unicolor de la “lucha mundial contra el terrorismo”, sus diversos y complejos matices se opacan. Allí convergen no sólo objetivos sino actores locales y globales, además de Al Shabab y Al Qaeda, una británica y varios reclutados entre los somalíes que son ciudadanos estadounidenses. Más allá de su ingrediente religioso hay también un sustento de clase. Mi amiga se sabía entre los “afortunados” que podían comprar en el Westgate, pero dicha conciencia le producía una sensible incomodidad. Acostumbraba tomar café allí todos los sábados, excepto el del ataque, cuando mataron a la compañera con la que solía reunirse, al mesero que la atendía y a varios otros conocidos. En estos días, en Nairobi sólo se habla de más seguridad, más armas y más compañías privadas para asegurar la vida de quienes puedan costearlas. Mientras tanto, mi amiga se pregunta, no sin razón, si el mismo sistema responsable de la violencia simbólica (bonita y limpia) que ha experimentado en el interior de Westgate también explica el espectáculo macabro del cual acaba de salvarse.
Arlene B. Tickner *