Mientras que algunas guerras y crisis humanitarias figuran en el radar de los medios y de la opinión internacional, otras pasan literalmente desapercibidas. Es el caso de la República Democrática del Congo, cuyo conflicto ha cobrado cinco millones de vidas, por no mencionar los de Somalia, Sudán del Sur o Yemen, aunque la atención mediática sobre los horrores vividos en Siria tampoco ha llevado a una respuesta política que frene la barbarie.
Entre los factores que determinan la noticiabilidad de la guerra y su capacidad de provocar respuestas mundiales, figuran su importancia política, su proximidad y la posibilidad de crear empatía con ella. Como en cualquier película de Hollywood, una trama sencilla que apele a las emociones del espectador y en la que triunfa el “bien”, puede ser determinante.
Pese a su altísimo costo humano –alrededor de 11.000 víctimas de minas antipersonales, 39.000 secuestrados, 10.000 menores reclutados, seis millones de desplazados y 220.000 muertes–, las complejidades del conflicto armado colombiano no le han dado rating. En su lugar, lo que terminó cautivando la atención del público extranjero, los gobiernos y los organismos multilaterales fue el acuerdo firmado entre el gobierno Santos y las Farc, y la perspectiva de terminar una de las guerras y de las guerrillas más antiguas del mundo.
En tiempos globales llenos de fracasos diplomáticos y noticias negativas, es fuente de esperanza la historia de la paz. No solo Santos y Timochenko estaban entre los más opcionados al Premio Nobel, sino que Colombia atesoró un grado de apoyo y acompañamiento pocas veces visto. La confusión generada en el exterior por los resultados del plebiscito provocó una reacción inmediata: devaluación del peso y baja en las acciones colombianas. Pero también quedaron en veremos la misión política de la ONU, el paquete de asistencia del Banco Mundial para respaldar el desarrollo territorial y los $450 millones del Plan Paz Colombia de Estados Unidos, por no mencionar otras ayudas confirmadas que están en el aire.
Si bien el respaldo internacional al proceso de paz no debe confundirse con la obligatoriedad jurídica de los acuerdos a la que aludiós el líder de las Farc en referencia a su entrega en Suiza como Acuerdo Especial humanitario –y cuyo carácter vinculante es dudoso hasta que éstos se incorporen a la Constitución–, sigue representando un sello de garantía y eventualmente de presión en caso de que no se asome un Plan B rápidamente.
Ahora que está ante los ojos del mundo, Colombia se juega no solo el futuro propio, sino su lugar en la historia. Ser recordado como el país que no quiso la paz no solo nos hace el hazmerreír internacional, sino que acarrea costos políticos y materiales que tampoco los del No pueden darse el lujo de ignorar.