La emblemática rosa que suele repartirse en conmemoración del Día Internacional de la Mujer esconde tras un tono comercial de festejo una frustrante y triste realidad. A pesar de los indudables logros que se observan en la conquista de los derechos de las mujeres, en este centenario de “nuestro día” la equidad de género sigue siendo todavía un sueño lejano.
Uno de los mayores problemas irresueltos de la desigualdad de género es la “feminización” de la pobreza. Hay más probabilidad de que una mujer sea pobre y tenga hambre (y si no es blanca, peor aún) que un hombre, a causa de múltiples tipos de discriminación que operan en los sectores de la educación, la salud y el empleo. Internacionalmente, las mujeres representan el 70% de los pobres. Y aunque realizan el 66% de todos los trabajos y producen más de la mitad de los alimentos que los humanos consumimos, ganan tan sólo 10% de los ingresos y son dueñas de un escaso 1% de las propiedades mundiales. Entre los 15 y 44 años la violencia constituye una de las primeras causas de muerte femenina, mientras que mujeres y niñas constituyen el 80% del tráfico humano, un negocio que afecta a cada rincón del globo y que genera $32.000 millones en ganancias anualmente, principalmente para los miembros (masculinos) del crimen organizado. A pesar de ser participantes menores en los conflictos armados, también son las víctimas mayoritarias de éstos mediante la violencia sexual y el desplazamiento. Medidas internacionales como el umbral de 30% de participación de las mujeres, los Objetivos del Milenio y la reciente creación de ONU Mujeres constituyen pasos significativos para corregir los problemas señalados. No obstante, el hecho es que el poder político nacional e internacional sigue concentrándose en manos de los hombres (y con ello también la decisión de adoptar mecanismos que busquen la equidad de género). En el mundo de hoy, solamente 18 mujeres ejercen funciones de presidenta o primer ministra de un total de 192 Estados miembros de la ONU. A enero de este año las mujeres ocupaban 18% de los escaños parlamentarios y 14% de los puestos directivos en sus respectivas legislaturas. En la diplomacia, que ha sido otro dominio de los hombres, su representación no mejora mucho. Por ejemplo, a pesar de que las mujeres constituyen un tercio del servicio exterior estadounidense, ocupan únicamente 20% de los puestos de embajador. Hace poco la Secretaria de Estado, Hillary Clinton, hizo gala del hecho de que de las 175 misiones extranjeras con sede en Washington, se había llegado a la cifra “histórica” de 25 embajadoras mujeres, es decir, 14% del total. En Naciones Unidas es de esperar que los porcentajes sean similares. Es importante recordar el origen de la rosa que se regala en “nuestro día”. Proviene del eslogan “pan y rosas”, asociado a la famosa huelga textilera de 1912 en Massachusetts, en la cual las líderes (femeninas) reclamaban el derecho de las mujeres de recibir un salario justo y condiciones laborales dignas. En un día como hoy también vale la pena desempolvar un dicho no practicado —“a la mujer no se toca ni con el pétalo de una rosa”— ya que recuerda el otro gran reto que enfrenta la igualdad de género en el mundo.