Elegido el candidato único de la oposición que competirá contra Hugo Chávez por la presidencia el próximo 7 de octubre, son más las incógnitas que las certezas que rodean la encrucijada electoral venezolana.
Pese a los esfuerzos del Gobierno y de los medios oficialistas por opacar las elecciones primarias, la cifra no despreciable de 2,9 millones de votantes eligieron a Henrique Capriles Radonski, quien hasta ahora ha manejado un hábil discurso que lo diferencia de los partidos tradicionales, evita la confrontación directa con Chávez, enfatiza la reconciliación nacional, prioriza la reducción del crimen y la profundización de la agenda social, y lo identifica ideológicamente con el lulismo en Brasil.
Chávez goza de niveles de popularidad que oscilan entre 50 y 55%, pero varios problemas lo afectan negativamente, entre ellos su lucha inefectiva contra la inseguridad ciudadana, la inestabilidad económica, la corrupción y su estado de salud. Venezuela se encuentra entre los primeros cinco países del mundo en homicidios per cápita y en la encuesta Latinobarómetro 2011 un 61% de los venezolanos identifica la delincuencia como el problema más importante. Aunque los ingresos petroleros costean los programas sociales del Gobierno y el crecimiento del sector público, el país tiene la tasa más alta de inflación de América Latina (27,6% en 2011) y su deuda externa se ha disparado. Figura también, según Transparencia Internacional, entre los más corruptos, lo cual sugiere una debilidad institucional creciente.
En anticipación, tal vez, a la crisis severa de liderazgo que produciría la salida de Chávez del poder —por enfermedad o derrota en las urnas— la política venezolana ha sufrido un proceso acelerado de militarización. De una veintena de nombramientos recientes a militares en altos cargos gubernamentales, los del general (r) Henry Rangel como ministro de Defensa y el teniente (r) Diosdado Cabello como presidente de la Asamblea Nacional son los que más han llamado la atención, no sólo por la cercanía de ambos al primer mandatario y su ascendencia dentro de las Fuerzas Militares, sino porque Rangel ha afirmado que de ganar las elecciones la oposición, no se permitiría que tomaran el poder. Así mismo, la Fuerza Armada Nacional, además de ser identificada como “bolivariana”, fue declarada “chavista” por el propio Chávez, lo cual dificulta cualquier relación futura de la oposición con ella.
Ninguno de los escenarios políticos imaginables hoy es del todo alentador. Si la salud se lo permita, es posible que Chávez gane las elecciones de octubre, aunque con un margen no amplio. En cuyo caso el problema de la sucesión se seguirá eludiendo, y la crisis institucional, fiscal y de seguridad probablemente se profundizará. Un triunfo de Capriles supone lo impensable: primero, incursionar en los estados rurales del país, superar las divisiones que existen al interior de la oposición, administrar su ala conservadora y atraer al menos parte del voto chavista; y después, enfrentar una Asamblea Nacional y Corte Suprema controladas por el chavismo, y unas Fuerzas Armadas hostiles y temerosas de perder las prerrogativas políticas y económicas que han ganado. Por último, la ausencia de sucesores viables en caso de que Chávez no participe en las elecciones de octubre hace pensar que una transición militar tampoco es del todo descartable. Un panorama complejo por donde se mira.