Desde 1992, cuando se suscribió la Convención Marco de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, la brecha entre los riesgos que corre el planeta y los sacrificios que los gobiernos y las empresas están dispuestos a asumir para frenar su deterioro irreversible ha crecido de forma alarmante.
La evidencia científica sugiere que nos estamos acercando a los umbrales críticos en el sistema de la Tierra —y que ya lo cruzamos con el derretimiento de Antártica— más allá de los cuales pueden producirse cambios cataclísmicos con efectos funestos sobre la vida humana.
La multitud de cumbres mundiales que se han realizado en torno a lo que constituye la amenaza principal a nuestra sobrevivencia han arrojado resultados insuficientes. Por ello, la 21ª Conferencia de las Partes que arranca en París el 30 de noviembre se ha reconocido como la “última oportunidad” para contener el cambio climático en un nivel seguro para la especie, lo cual exige, como mínimo, limitar el calentamiento global a menos de 2 grados Celsius y eliminar las emisiones de carbono totalmente antes de medio siglo.
¿Qué se necesita para ganar esta carrera contra el tiempo? Hasta la fecha, 131 países se han comprometido formalmente con la reducción de emisiones de gases de efecto invernadero mediante la definición de contribuciones previstas y determinadas nacionalmente (INDC). Entre los principales contaminantes, Europa prometió una disminución de al menos 40% para 2030; Estados Unidos 26-28% para 2025, y China el alcance de su pico de emisiones en 2030 y el uso de mayores fuentes alternativas de energía. Sin la fijación de mecanismos de revisión y sanción es previsible que dichas metas se incumplan. Asimismo, la financiación de las tecnologías limpias en los países del Sur global aún está en veremos, ya que el Fondo Verde para el Clima, creado por el Norte, no alcanza. Y el hecho de que las ciudades y las empresas sean los mayores emisores de gases exige atarlas más estrechamente al proceso.
No obstante, COP21 París puede ser el mejor chance del mundo para frenar los efectos catastróficos del cambio climático. Además de la voluntad política de muchos gobiernos, la comunidad científica y la sociedad civil global vienen ejerciendo presión a gritos para que los estados adopten los deberes que exige la salud planetaria. El hecho de que el papa Francisco se haya sumado a esta lucha mediante su encíclica Laudato Si le otorga aún más peso moral.
Parafraseando a Severn Suzuki, quien a sus 12 años habló en la Cumbre de la Tierra en Río en 1992, perder el futuro de las nuevas generaciones no es como perder unas elecciones o unos puntos en el mercado de valores. Deberíamos poder confortar a aquéllas diciendo que todo va a estar bien, que no es el fin del mundo, pero ya no podemos decir eso. En París se decidirá si la Tierra en la que crecerán será difícil o simplemente invivible. Quisiera creer, más allá de la miopía cortoplacista de la política y la economía, que podamos esperar un milagro.