A lo largo del siglo XXI, las divisiones sociopolíticas en Estados Unidos han crecido. Además de que los partidos Demócrata y Republicano se han movido más hacia la izquierda y la derecha, quienes se identifican con uno u otro y con sus respectivas agendas -siendo algunas de las más controversiales las relacionadas con calentamiento global, control de armas, derechos sexuales y reproductivos, migración, salud y educación- expresan mayor animadversión hacia el grupo opuesto. A la par con esto, se han acentuado fracturas regionales, urbanas-rurales, generacionales, raciales y de clase. El auge de medios partidistas (como Fox), aunado a los algoritmos de redes sociales que promueven la segregación de la información, han reforzado las lógicas adversariales en el país al ratificar la visión de mundo de cada grupo, hasta el punto de que la sociedad estadounidense está incluso dividida entre quienes creen o no en la ciencia.
Desde que Trump llegó al poder la polarización se ha agravado, dado su irrespeto por la democracia, la verdad, las normas mínimas de civilidad y por su predilección de sembrar el miedo y el odio. Prácticamente todo lo que hace el mandatario tiene el objeto de radicalizar y movilizar a sus bases frente al “otro” amenazante, sea “liberal”, “migrante”, “negro” o “musulmán”. Esas bases no son únicamente evangélicos o hombres blancos de clase trabajadora, sino que incluyen los casi 63 millones de votantes que se identificaron o, al menos, no se molestaron con el racismo, xenofobia y sexismo abiertos del entonces candidato presidencial y que podrían volver a votar por él.
Por más inepto e indignante que haya sido el manejo de la pandemia en EE. UU. por parte del gobierno federal, no es sorpresivo que este haya girado en torno a la decepción acerca de la gravedad del problema, el desconocimiento de las recomendaciones de la comunidad científica, el rechazo de cualquier responsabilidad propia, la búsqueda de chivos expiatorios y la negación de asistencia e incentivación de manifestaciones en contra del confinamiento en ciudades y estados demócratas. Es el guion de Trump. Aun al llegar a la horrorífica cifra de 40 millones de desempleados y 100 mil muertos por COVID-19, ha sido incapaz de mostrar empatía humana alguna. No menos reveladora su reacción inmediata ante el vil asesinato de George Floyd en Mineápolis y las masivas protestas en al menos 140 ciudades, no fue la condena de la brutalidad policial, la preocupación por el racismo -algo dolorosamente “normal” para millones de estadounidenses de color, como recordara Barack Obama- ni el llamado al saneamiento colectivo, sino la glorificación de la violencia con la polémica expresión “cuando comienzan los saqueos, comienzan los disparos”.
Ahora que el estado crítico de la economía ha puesto en entredicho la reelección y Trump enfrenta dos crisis que claramente lo desbordan -COVID-19 y la movilización social- su afán por construir otra narrativa “ganadora” es tanto palpable como peligrosa. Hasta el momento ensaya con echarles la culpa a China y la OMS por la pandemia, satanizar a Obama, los gobernantes locales demócratas y aquellos medios que lo critican (incluyendo ahora Twitter), y retomar su antigua bandera de “ley y orden”, todo lo cual refleja una similar inclinación a la evasión, la distracción y la división. Da susto imaginar qué sigue.