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Ganas de llorar

05 de febrero de 2020 - 09:02 a. m.

A diferencia de algunos otros países en América Latina y el resto del mundo, por lo general los temas internacionales y de política exterior no suscitan grandes debates públicos ni controversia en Colombia. De allí que resulta diciente el coro de opiniones que ha aparecido acerca del estado deplorable de la diplomacia colombiana.

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En su última columna de Semana, Antonio Caballero pide permiso para reírse de las payasadas del presidente Duque, que se evidencian en hechos como el nombramiento desatinado de Claudia Blum en la Cancillería y la renuncia morosa de Pacho Santos a la embajada en Washington, el matoneo recurrente a Cuba para que extradite a los líderes del ELN pese a ser garante del fallido proceso de paz con dicha guerrilla, la insistencia ciega en derrocar a Maduro y respaldar a Guaidó como de lugar, y el abandono de una agenda más diversificada con Estados Unidos por otra constreñida al narcotráfico y Venezuela,

Desde otro ángulo ideológico, María Isabel Rueda también invita en El Tiempo a repensar la estrategia oficial frente a nuestro vecino, toda vez que el cerco diplomático y el apoyo a Guaidó no están dando los frutos deseados. En cambio, los costos para Colombia y sus habitantes de no tener ningún mecanismo de interlocución sobre los asuntos binacionales fundamentales con el régimen son altísimos.

El manejo de la captura de Aida Merlano en territorio venezolano, cuya extradición fue solicitada al autoproclamado presidente y no el líder de facto, rebosó la copa de lo absurdo. Más desconcertante aún, al proponer Maduro normalizar los lazos consulares — oferta que el gobierno colombiano rechazó en su infinita torpeza – el mismísimo “dictador” resultó siendo más racional y sensato que su homólogo.

Al pasar revista a la gestión internacional de Duque, es difícil por no decir imposible precisar algún acierto. En cambio, abunda la lista de fracasos y contradicciones. El Gobierno instrumentaliza el acuerdo de paz con FARC para acreditarse ante el mundo, pero la hace literalmente trizas. Dice respetar los derechos humanos y patalea porque Venezuela integra ahora el Consejo de la ONU en esta materia, pero es indolente frente a los asesinatos de líderes sociales y desmovilizados en casa. Hace gala de sus visitas al extranjero para promover la “economía naranja” pero expulsa a Uber del país. Y desatina en sus intentos por reposicionar el discurso antiterrorista — que tan útil le resultó a Uribe — porque no se pueden vender la paz, la seguridad y la estabilidad como pilares de la confianza inversionista al tiempo que se argumenta que el terrorismo en Colombia está en auge. Para completar este patético cuadro, solo faltaba que la Coalición Internacional de Sitios de Conciencia, la red mundial más importante en temas de memoria, suspendiera, por solicitud de algunos de sus 275 miembros institucionales de 65 países al Centro Nacional de Memoria Histórica, por no reconocer su director la existencia del conflicto armado.

En este contexto inverosímil, defender al país y los reclamos colectivos de sus ciudadanos de la política exterior de Duque se vuelve urgente. Empero, la apatía y la inexperiencia de algunos de los actores idóneos para asumir esta tarea, incluyendo la oposición en el Congreso, los medios y la academia, dan ganas de llorar.

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