Las sanciones a Pdvsa se perfilan como la última de una serie calculada de jugadas coordinadas entre la oposición venezolana y los gobiernos de Estados Unidos, Brasil y Colombia. La cadena empezó el simbólico 23 de enero, con las marchas masivas en contra de Maduro y la autoproclamación de Juan Guaidó como “presidente encargado” de Venezuela, seguidas por el reconocimiento inmediato de Washington y de los integrantes del Grupo de Lima (excepto México), junto con otro puñado de países dentro y fuera de América Latina. Como si se hubiesen puesto de acuerdo, varios europeos, junto con México y Uruguay, ofrecieron al régimen ilegítimo la “zanahoria” del diálogo, aunque la Unión Europea terminó poniendo a esta la condición de que Maduro convoque primero a elecciones.
Hasta ahora las sanciones internacionales impuestas a Venezuela solo iban dirigidas a individuos, con miras a no empeorar la situación humanitaria ni afectar los intereses de las empresas estadounidenses. Aunque las nuevas medidas no prohíben la compra de crudo venezolano, actúan en la práctica como un embargo, ya que Maduro no podrá acceder a los pagos correspondientes; a su vez, los fondos que tiene Pdvsa en Estados Unidos se han congelado. Siendo este el principal destino de las exportaciones petroleras y fuente de divisas –ya que lo que se envía a China y Rusia es un pago en especie de deudas ya contraídas– se busca estrangular al régimen y forzar su salida del poder.
El problema es que el futuro de Venezuela se juega en varios tableros. Al tiempo que la Casa Blanca anunciaba sanciones, se volvió viral la anotación a mano “5.000 tropas a Colombia”, del block de notas del consejero de Seguridad Nacional, John Bolton. Advertencias como esta, que buscan advertir que “todas las opciones están en la mesa”, no solo nos acercan a su materialización –intencionada o no–, sino que montan a Colombia a una lógica peligrosa. Asimismo, corren el riesgo de dividir nuevamente a la oposición venezolana y actúan para “confirmar” las tesis intervencionistas de Rusia, China, gran parte del Caribe y no pocos intelectuales de izquierda.
Más allá de su significativa inversión en Venezuela y apego formal a la no intervención, Rusia –el país más enfático en su apoyo a Maduro– también está pescando en río geopolítico revuelto con miras a no perder su último pie en el hemisferio occidental. No de otra manera puede interpretarse el envío reciente y provocativo de unos 400 militares contratistas rusos a Venezuela. En cambio, China es esquiva al mismo caos e incertidumbre que son el terreno de juego natural de Putin. Así, más allá de la defensa principiada de la soberanía venezolana, el interés chino gira en torno a blindar sus intereses económicos.
Queda por verse si los últimos acontecimientos –que incluyen ahora el nombramiento de representantes diplomáticos en aquellos países que han reconocido a Guaidó– constituyen un jaque mate a Maduro. Aun así, lograr su dimisión y la convocatoria de elecciones transparentes con veeduría internacional será tan solo el primer paso en un largo camino hacia la reconciliación de Venezuela, que incluye atender la crisis económica y humanitaria, reconstruir las instituciones, negociar con los militares, desarmar la población y garantizarle al chavismo un lugar en la política.