La inmolación del tunecino Mohamed Bouazizi —como lo fue la de Jan Palach en 1969 en protesta por la invasión soviética a Checoslovaquia— es un poderoso símbolo del desespero de una generación de jóvenes del Norte de África y Oriente Medio.
El desempleo, la pobreza, la desigualdad, escasas alternativas de movilidad social, sistemas políticos estancados, autoritarios y corruptos, altos niveles de educación y una conexión sin precedentes con el resto del mundo son los ingredientes básicos de un ciclón que se ha extendido a una docena de países de la zona, incluyendo Argelia, Jordania, Mauritania, Marruecos, Omán, Sudán, Yemen, Egipto, Irán, Bahréin, y ahora Libia, en donde el futuro incierto de Gadafi lo ha llevado a masacrar a su propia población.
Lo que está ocurriendo no tiene parangón en la historia. Nunca antes la humanidad había presenciado una cadena tan amplia, masiva pero sobre todo veloz de manifestaciones espontáneas en contra del statu quo y a favor de la democracia. Lo cual plantea la pregunta de si estamos presenciando una cuarta ola de democratización mundial, para usar el famoso concepto de Samuel P. Huntington. Según el autor, la transición a la democracia ha ocurrido en tres etapas, correspondientes a principios del siglo XIX; el período posterior a la Segunda Guerra Mundial; y mediados de los años 70, cuando se apoderó de Portugal, Grecia y España para luego esparcirse por América Latina, partes de Asia y África y finalmente Europa del Este y la Unión Soviética.
Aunque toda ola ha sido seguida por una contraola, como ocurrió en los 90 en la mayoría de los Estados possoviéticos, el aumento en el número de países con gobiernos democráticamente electos —de 41 en 1974, a 76 en 1990, a cerca de 120 hoy— es testimonio para muchos del carácter universal de este proceso. Sin embargo, el hecho de que ninguna de las olas anteriores tocó el mundo árabe reforzó la idea de que “democracia” y “árabe” constituyen dos términos irreconciliables. Paradójicamente, Huntington mismo ayudó a difundir esta lectura simplista al augurar un “choque de civilizaciones” entre el Occidente liberal y democrático y el Oriente musulmán y autoritario una vez finalizara la Guerra Fría. Hasta ahora.
Al contrario de las olas anteriores, en donde las transiciones experimentadas en distintas partes del mundo no estuvieron interrelacionadas —por ejemplo, difícilmente la democratización del Sur de Europa y de América del Sur incentivó la caída del comunismo—, en este caso la metáfora de la ola es especialmente ajustada. Se trata no sólo de un movimiento cuyo efecto de “contagio” ha sido multiplicado por las tecnologías de la información y la comunicación, sino que comparte demandas similares, a pesar de las diferencias que existen entre los países afectados. Éstas se resumen, no en cuestiones ideológicas ni religiosas, sino en el cambio de régimen, mayor participación en las decisiones públicas y rendición de cuentas de los gobernantes, sobre todo ante los graves problemas económicos y sociales que existen.
A pesar de lo anterior, no caerán todos los gobiernos autocráticos del mundo árabe —aunque su debilitamiento ya es un hecho— ni la democracia será garantizada. Hasta que no desaparezcan, entre otros factores, el petróleo, el gas natural y poderosos aliados internacionales deseosos de evitar el cambio, el futuro de esta “cuarta ola” seguiré siendo una incógnita.