El aparente secuestro del general Rubén Darío Alzate a manos de las Farc se suma a otros hechos recientes, como el asesinato de dos guardias indígenas del Cauca y el plagio de dos soldados en Arauca, que en su conjunto agotan la paciencia del Gobierno, alimentan la incredulidad de la opinión pública, justifican el llamado de los saboteadores a que el diálogo termine y trancan la ventana de la paz justo cuando se vislumbran sus primeras estelas de luz. Si en algún momento de las conversaciones en La Habana se ha precisado un respaldo internacional más vociferante y activo a que el proceso continúe, sería justamente ahora.
De las 55 negociaciones de paz en el mundo que iniciaron, se encontraban en curso, culminaron exitosamente o fracasaron en 2012, incluyendo las del gobierno colombiano con las Farc, alrededor de 60% contaba con algún tipo de participación externa. Como regla general, la presencia de terceros, aunque no constituye una garantía absoluta, sí ha demostrado ser crucial para mediar en las distintas etapas de un proceso, convocar a las partes a sentarse a hablar, facilitar la continuación ininterrumpida de los diálogos, actuar de testigo de la comunicación transparente, garantizar la seguridad del proceso y verificar lo acordado, entre otros.
Además de la participación internacional en sí, el tipo de actores involucrados resulta crucial. A modo de hipótesis, los países que acreditan altas reputaciones mundiales como terceros tienen incentivos considerables para construir confianza con y entre las partes de una negociación y desempeñar roles proactivos en aquellos procesos de paz para los que han sido convocados. En ese sentido, el papel de Noruega y Cuba como garantes, y Chile como acompañante, se convierte en una fuente de esperanza en esta difícil coyuntura.
Dada su acreditación internacional como tercero efectivo y el hecho de que la paz sea uno de los temas prioritarios de su política exterior, para Noruega los costos en reputación de un fracaso en La Habana son considerables y actuará para evitarlos.
A Cuba tampoco le conviene que el proceso se desmorone, ya que actuar de sede de los diálogos e interlocutor respetado por dos partes tan disímiles en la mesa ha potenciado su credibilidad mundial como árbitro diplomático experimentado. Los hermanos Castro reúnen la calidad adicional de tener influencia directa sobre los negociadores de las Farc, de la cual es dable que estén echando mano.
Aunque su papel como acompañante ha sido menor, con la reelección de Michelle Bachelet el ánimo de Chile de jugar un rol más activo en el proceso de paz colombiano ha crecido, debido en parte a la priorización de América Latina en su agenda internacional. Además del atractivo ideológico de su gobierno progresista y su ejemplo positivo de justicia transicional, este país tiene un grado mayor (que Noruega o Cuba) de interlocución con los militares colombianos e influjo sobre otros países de la región, con los que puede buscar fomentar un blindaje latinoamericano a los diálogos.
Más allá de su necesaria injerencia ante las partes en La Habana, tal vez donde más falta hace el actuar de garantes, acompañantes y otros terceros internacionales es en el interior de Colombia, en donde un respaldo inequívoco a la paz desde fuera podría contrarrestar en algo el desencanto nacional actual.