El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.

La preguntadel millón

15 de febrero de 2011 - 10:00 p. m.

Ahora que ha triunfado la revuelta popular egipcia comienza la lucha de verdad.

PUBLICIDAD

Cómo traducir una victoria colosal, pero en todo caso simbólica y posiblemente efímera, en un cambio sustantivo y duradero es hoy la pregunta del millón. Sobre todo porque desde antes de la salida de Mubarak la contrarrevolución ya se estaba cocinando. Un régimen autoritario atrincherado como este no cede fácilmente. Tampoco la importancia geoestratégica del país admite que su futuro se decida sin la interferencia de poderes extranjeros, cuya preferencia por la estabilidad por encima del cambio genuino (que asocian con incertidumbre) es bien conocida. El nombramiento de Omar Suleiman como vicepresidente fue la primera señal. Antiislámico acérrimo, opositor abierto de Irán, colaborador de Israel en su batalla contra Hamas en la Franja de Gaza y torturador del programa antiterrorista estadounidense, es uno de los militares favoritos de Washington.  Sin embargo, al afirmar públicamente que los egipcios no estaban listos para la democracia y que era demasiado pronto para levantar una ley de emergencia que ha permitido durante los últimos 30 años perseguir y encarcelar a la oposición, se volvió un estorbo y tuvo que salir de la luz pública. No es claro que Mohamed Hussein Tantawi, jefe del Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas y líder de facto, sea distinto; en un cable de Wikileaks es identificado como el “poodle” de Mubarak. Por más que se haya comprometido con la transición democrática, es difícil creer que el Ejército, la institución más influyente en Egipto, abandonará totalmente el poder, condición sine qua non para que ella se dé. Aunque el cierre del Parlamento y la suspensión de la Constitución eran previsibles, el mantenimiento del estado de emergencia, los roces con manifestantes y huelguistas y la decisión de administrar la reforma constitucional desde el Consejo son algo desconcertantes. Y ¿qué hay de los civiles a los que el régimen militar deberá entregar el control del Estado? Los jóvenes que llamaron a las protestas no pertenecen a ningún movimiento ni partido político; difícilmente pueden liderar esta etapa del proceso. Si bien la revuelta no tuvo carácter islámico ninguno, la Hermandad Musulmana es uno de los grupos cívicos no violentos más organizados y populares que existe. Sin ser siquiera partido y aunque ha sido prohibida desde 1954, gozaba de 88 escaños en el Parlamento. De participar formalmente en las próximas elecciones es fácil predecir que se convertirá en una de las principales fuerzas políticas del país.  Es decir, cualquier esquema de democratización debe tenerla en cuenta. El hecho de que Estados Unidos e Israel se empecinen ciegamente en ver en Egipto la sombra de la revolución iraní —que paradójicamente ha sido contagiada con una revuelta propia— y en identificar todo movimiento islámico como una “amenaza” es un mal augurio para su papel en la transición. Como principal patrono del Ejército egipcio, el gobierno Obama está bien posicionado para incidir positivamente en la creación de una hoja de ruta hacia la democracia. Hasta qué punto su obsesión con el estereotípico “fundamentalismo árabe” se lo permita queda por verse. La carrera democrática en Egipto apenas inicia. Esperemos que los contrarrevolucionarios (a propósito, ¿qué hace allí todavía Mubarak?) no impidan que llegue al deseado final.

Conoce más
Ver todas las noticias