Como la mayoría de las personas de Occidente, nunca he viajado al mundo árabe. Tampoco lo he estudiado en profundidad.
Sin embargo, la ola de protestas que se ha prendido en la región, aun para los “aficionados”, sugiere que algo trascendental está ocurriendo allí. Lo primero que llama la atención de ese “algo” es su carácter espontáneo, masivo y descentralizado. En su libro, Here Comes Everybody (2008), Clay Shirky explica dichos rasgos como la consecuencia natural del uso de la web —por donde las manifestaciones han sido convocadas— que al facilitar y potenciar la actividad grupal sin estructuras de autoridad ni organizaciones formales, crea efectos imprevisibles y a veces revolucionarios. Empero, sin un factor aglutinador o una causa compartida, el potencial de movilización que ofrecen las herramientas informáticas difícilmente logra materializarse. En el mundo árabe el común denominador no parece ser el islamismo ni el antiamericanismo —aunque ambos existen—, sino la frustración y la ira, sobre todo de la población juvenil, que es mayoría. Con el desempleo, la pobreza, los precios de los alimentos, la corrupción, la falta de democracia y la renuencia de regímenes déspotas (respaldados por Estados Unidos) a abandonar el poder. Desespero que se traduce no sólo en actos calculados sino en expresiones espontáneas —como la inmolación del tunecino, profesional, desempleado y padre de familia, y la de otros jóvenes en Argelia, Egipto y Marruecos— que en su conjunto generan efectos multiplicadores considerables. Además de los cambios internos a los que pueden llevar las revueltas que se están gestando, aunque en distintos grados, en Egipto, Túnez, Argelia, Yemen, Siria, Jordania y Albania, tienen éstas implicaciones importantes para el ajedrez político y estratégico internacional. A Estados Unidos, país que ha optado por la “estabilidad” brindada por el statu quo por encima de la “incertidumbre” que plantearía la democracia, los últimos acontecimientos parecen haberle tomado por sorpresa. En lugar de anticiparse a lo que pueda ocurrir, a duras penas reacciona, lo cual sugiere que su influencia y control en la región están disminuyendo. Israel ha mantenido un “diplomático silencio” para no incendiar los sentimientos generalizados que existen en su contra. Más que Washington, le conviene la continuidad en Egipto, la primera nación árabe con la cual firmó la paz y con la que ha logrado mantener una relación estable, sobre todo en el manejo de su frontera común. Dadas las relaciones tensas que tiene actualmente con Turquía y Jordania, el que el gobierno egipcio se distanciara o se enemistara se considera problemático. Otro de los grandes miedos israelíes es que la Hermandad Musulmana gane poder en el país vecino, ya que teme que ello tendría implicaciones adicionales para su negociación con Palestina. En el caso de Irán, cuya imagen en la región es mucho más positiva que la de Estados Unidos o Israel, las protestas han sido celebradas como un rechazo de los gobiernos seculares y la reivindicación de la causa islámica, y por extensión de la revolución iraní. Termine como termine, lo que está ocurriendo en Egipto y otras partes del mundo árabe constituye algo nuevo y distinto, algo que hasta ahora ningún régimen, partido ni potencia externa ha podido manipular. Una “revolución” que, como versa el poema-canción de Gil Scott-Heron (1970), no será televisada.