En 1971, el experimento de la cárcel de Stanford se convirtió en uno de los ejercicios más controversiales de la psicología social, al demostrar cómo la gente “normal” se puede convertir en opresiva y sádica en determinadas circunstancias. Para su autor, Philip Zimbardo, hechos como la tortura y humillación de prisioneros en la cárcel clandestina de Abu Ghraib, o la brutalidad policial en países como Brasil y Estados Unidos, se pueden explicar por la acumulación de poder, que lleva a los seres humanos a buscar controlar y dominar a otros.
La arremetida del presidente de Ecopetrol y también exministro y exdecano de Economía de los Andes, Juan Carlos Echeverry, contra el ingeniero de petróleos de la Universidad Industrial de Santander Óscar Vanegas, en un debate en el Congreso sobre las licencias petroleras en La Macarena, refleja ese “efecto Lucifer” descrito por Zimbardo. Luego de someter al profesor a una burla innecesaria con miras a minimizarlo, Echeverry advirtió que solo discutía con personas de su mismo rango. Aunque esta inaceptable actitud ha sido criticada por reflejar el esnobismo característico de Colombia, otro ejemplo, del candidato demócrata Bernie Sanders, sugiere que se trata de algo más generalizado. Pese a haber rehuido públicamente a las estrategias sucias típicas de las contiendas electorales, la campaña de éste en contra de Hillary Clinton se ha tornado más agresiva y con resultados positivos.
En resumidas cuentas, además de que las asimetrías de poder, por más pequeñas que sean, propician la soberbia, ésta es contagiosa. Como lo sugiere Robert Sutton en The No Asshole Rule, si actuar en público como un “cretino” genera la (falsa) sensación de que uno es más competente y audaz que otros que no lo hacen –algo que tristemente se observa en todas las esferas de la actividad humana, desde la academia, hasta los negocios y la política–, habrá un incentivo perverso para comportarse de esa forma. Según Sutton, el predominio de los “cretinos” es fatal en cualquier organización porque mata la creatividad –por temor a que las nuevas ideas sean atacadas–, la efectividad y el entusiasmo de quienes no ocupan posiciones de poder.
El desafío que plantean autores como Zimbardo y Sutton es cómo generar resistencia a las tácticas de control y de minimización que resultan de la soberbia del poder, a sabiendas de que todos corremos el riesgo de convertirnos en “cretinos”. Para esto, algunas instituciones vienen adoptando reglas e incentivos para desestimular la reproducción de este tipo de conductas y para cultivar “círculos de gentileza”. Ahora que el gobierno Santos ha nombrado un nuevo gabinete para el posconflicto, se me ocurre que lo mínimo que podemos pedirle a éste como sociedad es que asuma un compromiso en contra de la soberbia con miras a propiciar un clima más favorable para la construcción de la paz.