Aunque la histórica decisión de la Asamblea General de la OEA de anular la Resolución de 1962 que expulsó al gobierno de Fidel Castro de la Organización ha mojado prensa, es poco lo escrito sobre el principal afectado, Cuba. Su lectura de lo ocurrido puede resumirse en tres puntos.
Cuba no necesita a la OEA. Con excepción de Estados Unidos todos los países del hemisferio occidental tienen relaciones diplomáticas con Cuba. En lo que va del año diez mandatarios latinoamericanos han hecho visita oficial a la isla. Hace un año la Unión Europea levantó las sanciones económicas y diplomáticas que había impuesto en 2003 (pero que fueron suspendidas desde 2005) en respuesta a la violación de los derechos de los disidentes políticos. Y desde hace más de 15 años la Asamblea General de la ONU aprueba anualmente una resolución cubana que condena el embargo estadounidense. A pesar de su controversial récord en derechos humanos y elecciones, Cuba ha ganado el respeto de gran parte de la comunidad internacional, no sólo por ser un símbolo del antiimperialismo, sino por sus incuestionables logros en materia social, educativa, de salud y tecnológica.
Cuba no quiere con la OEA. El mismo día que los países miembros de la Organización acordaban por consenso poner fin al aislamiento de Cuba, Fidel Castro la acusaba de ser “cómplice de los crímenes cometidos contra Cuba”.
En su declaración oficial el gobierno cubano fue más diplomático. Celebró la decisión, agradeció la solidaridad de los gobiernos latinoamericanos y caribeños y reiteró su interés de fortalecer y expandir los mecanismos regionales de integración y concertación. Como era de esperarse, ratificó que no regresaba a la OEA, pero no sin antes sumarse al reclamo de la mayoría de los miembros de ponerle fin al embargo económico. A Cuba lo que le interesa es un diálogo directo con Estados Unidos. Y a pesar de su turbulenta relación, los dos países han sostenido canales formales e informales de diálogo en torno a temas de interés común, como la migración, las remesas, el narcotráfico y la seguridad, sin la intermediación de la OEA, cuyo papel en el lento proceso de acercamiento bilateral es marginal.
Cuba no puede con la OEA (ni la OEA puede con Cuba). A pesar de que la resolución aprobada en San Pedro Sula no fija condiciones explícitas para el reintegro de Cuba, establece que éste debe resultar de la iniciativa cubana y que debe estar en conformidad con los principios de la Organización. En caso de que Raúl Castro decidiera aceptar la invitación, o la Carta Democrática (2001), tendría que enterrarse o Cuba tendría que parecerse más a una democracia liberal con elecciones y partidos. Ninguno de los dos escenarios es probable por ahora.
Como en el bolero Me acostumbré a vivir sin ti —interpretado por Omaira Portuondo— después de 37 años de ostracismo Cuba ya se habituó a estar sin la OEA. Y con la crítica situación interna que produjeron los huracanes del año pasado y la crisis financiera mundial las prioridades de la isla seguirán en otro lado para rato.
Arlene B. Tickner, profesora titular Departamento de Ciencia Política, Universidad de los Andes.