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¿Medio lleno o medio vacío?

17 de abril de 2012 - 05:30 p. m.

El balance ambiguo y gris con el que cerró la VI Cumbre de las Américas no correspondió a las expectativas (irreales) generadas en torno a ella, principalmente por el bombo publicitario de los medios nacionales, pero también por nuestro Gobierno.

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Pese a los intentos del presidente Santos por presentar el evento como un éxito y a la advertencia hecha por la canciller Holguín, de que “estuvimos muy cerca”, la imposibilidad de lograr una declaración final de consenso colocó una sombra de duda sobre los credenciales del mandatario colombiano como líder regional, así como sobre el futuro de las cumbres.

La representación que el gobierno Santos viene construyendo de Colombia en el exterior es de un país “bisagra” entre el norte (Estados Unidos y Canadá) y el sur (el resto del hemisferio), y entre derechas e izquierdas. Las intervenciones del Presidente en Cartagena dieron expresión a esa condición. Pese a la estrecha relación que tiene con Washington, describió el embargo estadounidense como un anacronismo inútil, afirmó que “sería inaceptable otra cita sin Cuba” y defendió la necesidad de un debate “sin prejuicios ni dogmas” sobre las alternativas para combatir más efectivamente el flagelo de las drogas ilícitas y el crimen organizado. Así mismo, al tiempo que defendió el libre comercio como el camino más certero hacia la prosperidad, dijo sentir “vergüenza de la tremenda inequidad que hay en el continente”.

Una lectura optimista sobre la Cumbre recalcaría, primero, que al determinar Colombia (como anfitrión) que no habría temas vedados, los países pudieron airear sus agravios —sobre Cuba, drogas, Malvinas, entre otros— en condiciones de relativa igualdad sin que EE.UU. determinara las deliberaciones.

Segundo, en la cumbre social y el foro empresarial se abrieron espacios de diálogo interesantes entre distintos actores. El tema de la participación ciudadana tuvo mayor visibilidad que en cumbres anteriores —lo cual permitió una especie de luna de miel con la sociedad civil—, aunque tuvo mucho más el del papel del sector privado, evidenciado en la asistencia masiva de los jefes de Estado a la cita con los empresarios más importantes del hemisferio. Tercero, se acordó la creación del Sistema Interamericano contra el Crimen Organizado, que revisará las políticas antidrogas actuales.

Suscita escepticismo, sin embargo, no sólo la falta de concreción, sino la cantidad de disgustados. Además de Evo Morales y los demás integrantes del ALBA, quienes advirtieron que probablemente no volverán, Cristina Fernández y José Mujica se fueron molestos por la falta de respaldo a la cuestión de las Malvinas, que a Santos se le “olvidó” mencionar. Dilma Rousseff, quien por “razones de agenda” no especificadas canceló su encuentro bilateral con el presidente Santos, tampoco lució muy contenta.

Logró el Gobierno vitrinear el “milagro colombiano” —a un costo tremendo que aún se desconoce—, pero paradójicamente la noticia que más circuló por el mundo (sobre el incidente del Servicio Secreto y las trabajadoras sexuales) refuerza nuestra imagen como rumbeadero tropical. Más aún, es difícil afirmar que Santos mejoró su perfil internacional cuando el desenlace final de la Cumbre —pese a todos sus aciertos previos— resaltó lo que aún le falta a la infraestructura diplomática de Colombia para jugar exitosamente en las ‘ligas mayores’.

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