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Naufragio diplomático

21 de enero de 2014 - 04:45 p. m.

En junio de 2012, Rusia y Estados Unidos, dos de los principales aliados del régimen de Bashar al Asad y de la oposición, respectivamente, lideraron la elaboración de una hoja de ruta para la transición política en Siria.

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El resultante “Comunicado de Ginebra” estableció la necesidad de crear un gobierno transitorio acordado por las partes y con poder ejecutivo pleno para supervisar elecciones y enderezar el país hacia la democracia. En las conversaciones de Ginebra II, que se inician hoy después de múltiples intentos fallidos, representantes del régimen y la oposición se juntarán para buscar una salida negociada al actual impasse. Sin embargo, la posibilidad de que ello ocurra es remota o nula.

Primero, el gobierno sirio no acepta la exigencia de la oposición de que Al Asad se aparte del poder y se empecina, además, en que el “terrorismo”, y no la transición política, sea el foco de las discusiones. La desinvitación a Irán a participar —por temor a un boicoteo estadounidense y de la oposición—, tan sólo 24 horas después de que fuera convocado por el secretario general de la ONU, Ban Ki-moon, aumenta la probabilidad de que Ginebra II sea un fiasco. Al ser Irán el país que más apoyo político, financiero y militar le da al régimen, su ausencia de la mesa lo convierte en potencial saboteador del proceso. Al Asad tiene aún más motivos para aferrarse al poder después de la publicación de un informe confidencial que documenta con imágenes la existencia de torturas sistemáticas ordenadas desde el más alto nivel y que podrían ser juzgadas como crímenes de lesa humanidad.

Segundo, la Coalición Nacional Siria no representa ni controla a la heterogénea y fragmentada “oposición”, que asciende a unos mil grupos, entre los cuales muchos han anticipado que rechazarán cualquier resultado de las conversaciones, que consideran impuestas e ilegítimas. Ello pone en duda la capacidad de quien es reconocido internacionalmente como el vocero de la oposición de hacer respetar lo acordado, incluyendo un posible cese al fuego.

Tercero, lo que pasa en Siria tiene repercusiones importantes para el ajedrez geoestratégico en el resto de Oriente Medio, en el que están enredados Estados Unidos, Rusia, Arabia Saudita, Israel, Irán, Irak, Turquía y Catar, además de otros jugadores no estatales, como Al Qaeda y Hizbolá. Con ello, y aunque suene obvio, las posiciones adoptadas sobre Siria no obedecen a lo que está ocurriendo dentro de ese país. Por ejemplo, la salida del poder de Al Asad, desde la perspectiva iraní, podría reducir su influencia regional y aumentar la saudita, mientras que Rusia teme que el derrocamiento foráneo del régimen redunde en la imposición unilateral por parte de Estados Unidos de un tipo de transición política que también jugaría en su contra.

De la misma forma que la intervención extranjera ha tenido un papel protagónico en el empeoramiento de la tragedia siria, una constructiva participación internacional es indispensable para ponerle fin. Las proporciones épicas de la crisis humanitaria, el derrame de la violencia hacia Líbano e Irak y revelaciones recientes hacen del naufragio diplomático un hecho imperdonable.

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