El presidente Juan Manuel Santos tiene fama de veterano jugador de póquer, tanto en la vida privada como en la actividad pública.
La política internacional también se compara frecuentemente con dicho juego, sólo que en ésta los jugadores buscan aumentar su influencia sobre los procesos regionales y mundiales con el fin de defender sus intereses nacionales. Para ello, cada país debe conocer sus “cartas” y tratar de tener una idea general sobre las de sus contrincantes. Y debe intentar, simultáneamente, “leer” a los demás países y hacerles bluff, para lo cual el dominio del lenguaje y los gestos es fundamental. En otras palabras, el jugador astuto sabe cuándo cañar y cómo aprovechar cada coyuntura para generar espacios de maniobra que redunden en ganancia propia.
Frente a temas sensibles como Cuba y las drogas ilícitas, ése parece ser el juego preferido por el gobierno Santos hasta ahora. Al tiempo que ha manifestado, junto con el resto de los países de América Latina y el Caribe, que Cuba debe regresar al seno de la comunidad interamericana, ha puesto como condición la existencia de un “consenso” a su interior. Que en la práctica equivale a la autorización de Washington. Como no existe esta última, ha sostenido que extenderle a la isla una invitación para que asista a la Cumbre de las Américas es imposible.
De forma similar, fue el primero en advertir que la política antidrogas made in USA ya cumplió su ciclo vital, pero ha prometido seguirla implementando y exportando —a través del know-how acumulado tras años de estrecha asociación con Estados Unidos— hasta que haya un “consenso” mundial sobre la necesidad de adoptar estrategias alternativas. Que también significa la aceptación de Washington. Como si eso fuera poco, se ha hecho a un lado para que otro buen jugador de póquer, el presidente de Guatemala, Otto Pérez Molina —exmilitar de extrema derecha, implicado en violaciones a los derechos humanos, que de la noche a la mañana se convirtió en ídolo de los abanderados de la legalización— sea quien ponga este problema en la agenda de Cartagena, en lugar de hacerlo Colombia.
Pese a lo anterior, la visita relámpago de Santos a La Habana sugiere que el mandatario puede estar cambiando a un juego más estratégico, parecido al ajedrez, en donde la suma de pequeños pasos visibles puede valer más en el largo plazo que las jugadas inmediatistas u ocultas. El objetivo, proyectarse como un líder con capacidad de mediar entre posiciones antagónicas, sobre todo las de Estados Unidos y la mayoría de los países latinoamericanos. Llama la atención que mientras Cuba calificó de inaceptable el veto estadounidense, agradeció el gesto colombiano, igual que Venezuela. Tampoco parece una simple coincidencia que después de la gira del vicepresidente Biden para neutralizar la crítica centroamericana sobre la “guerra contra las drogas”, el gobierno Obama haya terminado “celebrando” que ésta se discuta en Cartagena.
La evolución del debate sobre Cuba y el narcotráfico ofrecerá pistas sobre el futuro de Santos como ajedrecista. Pero si, como anfitrión de la cumbre, no logra cultivar un “ruido” tal que Estados Unidos no tenga alternativa sino de participar en un diálogo sobre estos (y otros) problemas, en lugar de torpedearlo, a lo mejor debe quedarse con el póquer.