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Rabia y política

16 de febrero de 2016 - 11:49 p. m.

Desde la polarización ideológica, la toxicidad discursiva, la banalidad de Donald Trump y el socialismo de Bernie Sanders, hasta la batalla por reemplazar al guardián del conservadurismo, Antonin Scalia, en la Corte Suprema, pocas veces una campaña presidencial en Estados Unidos había presentado tantas tensiones, contradicciones y sorpresas. Sin embargo, en medio de todo esto, la rabia ha sido la emoción dominante.

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La mayoría de los estadounidenses coincide en la ineptitud de los líderes y las instituciones, cree que el sistema político y económico favorece tan solo a unos pocos y teme por el futuro de las nuevas generaciones. Pese a que los datos oficiales sugieren que la economía ha mejorado, las experiencias vividas por mucha gente reflejan cifras alarmantes de pobreza y desigualdad, trabajos mal remunerados y deudas impagables. Todo lo cual converge en la sensación de que el “sueño americano” está muerto.

Lo asombroso es que dos “antipolíticos” tan distintos como Trump y Sanders hayan podido sintonizar con la ira colectiva con similar efectividad. El discurso inflamatorio de Trump, una mezcla de populismo barato, nacionalismo, xenofobia y proteccionismo, es resonante entre los hombres blancos trabajadores con poca educación, ya que juega con el miedo de ese sector de perder sus privilegios históricos. El hecho de que la migración esté en el centro de su campaña y que sea abiertamente racista a la hora de exigir que se vayan todos los mexicanos y musulmanes, también atrae a los supremacistas. Y como ha ocurrido con la ultraderecha europea, sus posiciones sociales “progresistas” frente a la seguridad social y la salud resultan atractivas.

El argumento de Sanders de que el establecimiento no ha ofrecido soluciones para la desigualdad de ingresos, la pobreza, el endeudamiento estudiantil y las tensiones raciales, empatiza no con el miedo, sino con la frustración. Su arrastre del voto juvenil se debe en parte al drama de 70 % de los universitarios, pero también hace eco la indignación producida por la crisis financiera y la falta de castigo y reforma en Wall Street. El apoyo de las mujeres menores de 35 años, que supera el de Hillary Clinton, considerada su candidata “natural”, ilustra cuán molestas están las juventudes. Dado que la de Sanders también es una posición anti-libre comercio y pro-servicios sociales, la posibilidad de atraer ciertas franjas que apoyan a Trump no es inconcebible.

La fantasía de ambos candidatos, cuya popularidad solo se explica por los difíciles tiempos que vive Estados Unidos, es que la rabia, combinada con el miedo o la indignación, se traduzca en votos. Hasta qué punto esto es posible, queda por verse. Por ahora, lo único claro es que el camino a la nominación, que comenzará a despejarse con las primarias de marzo, va a ser muy largo.

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