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‘Si eres pobre se te puede culpar de todo’

20 de enero de 2010 - 09:58 p. m.

La devastación de Haití parece obedecer a un plan diabólico.

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Tan sólo en 2008 una cadena de tormentas tropicales arrastró con la mayoría de los cultivos del país y aumentó el éxodo hacia las ciudades. El terremoto golpeó a Puerto Príncipe, donde viven casi un tercio de los 9 millones de sus habitantes, 80% de los cuales son pobres y por ello vulnerables a los desastres naturales. Después de cuatro intentos fallidos de la ONU por restaurar el orden constitucional, mejorar la seguridad y fortalecer al Estado haitiano, la quinta misión, iniciada en 2004, había comenzado a arrojar resultados en cuanto al desarme de las milicias urbanas, la reducción de la violencia y la estabilización del país. Además de arrastrar con el edificio de la ONU y sus integrantes, quienes hubieran liderado el operativo humanitario y con instituciones estatales, el desastre permitió que miles de criminales encarcelados salieran a la calle.

¿Sufrirá Haití algún tipo de maldición? El evangelista de televisión Pat Robertson atribuye su tragedia a un pacto que los esclavos independistas hicieron con el diablo en 1804. Se trata de una apreciación absurda y ofensiva, pero recoge en algo la sensación común de que Haití es responsable de lo que le está pasando. El sumario de sus carencias es largo: incapacidad para autogobernarse, corrupción, pobreza, desigualdad, vudú, dependencia frente al exterior, entre otras. Si no son éstas, preguntarán muchos, ¿cómo se explica que después de miles de millones en asistencia y años de ayuda internacional el país sigue siendo uno de los más pobres y peor gobernados del mundo?

Un proverbio haitiano, “Lè ou malere, tout bagay samble ou” (si eres pobre se te puede culpar de todo) ofrece un antídoto interesante para esta problemática lectura. Y refleja el hecho de que además de carencias propias —cultivadas sobre todo por una pequeña élite— en la melancólica historia de Haití el resto del mundo también ha desempeñado un papel.

Desde su independencia el primer país en abolir la esclavitud fue estigmatizado. No sólo Francia le obligó a pagar una millonaria indemnización, sino que Estados Unidos no lo reconoció por temor a incentivar la “anarquía negra” entre sus propios esclavos. En la relación con República Dominicana, país con el cual Haití comparte una sola isla, han primado más la segregación y la discriminación que la buena vecindad. Ni hablar del resto de América Latina. Y cíclicas intervenciones extranjeras han debilitado en lugar de construir sus capacidades propias. Sin ir más lejos, la ocupación de Estados Unidos entre 1915 y 1934, el apoyo a la dictadura de los Duvalier y más recientemente el envío de granos subsidiados —Haití es el tercer comprador de arroz estadounidense— y la financiación de maquilas, que han minado cualquier perspectiva de autosuficiencia agrícola.

El apoyo humanitario a Haití será fundamental durante los próximos meses, si no años. Pero no es menos urgente una evaluación crítica acerca de cómo el mundo puede “ayudar”. De lo contrario, la posibilidad de crear una base económica, política y social real y sostenible para Haití seguirá siendo esquiva.

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