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Terror nuclear

15 de marzo de 2011 - 11:59 p. m.

¿Mientras que el mundo observa con horror el desenlace de la tragedia en Japón, que solamente se compara con la destrucción causada por las bombas atómicas lanzadas sobre Hiroshima y Nagasaki en 1945, la emergencia nuclear que enfrenta ese país ha puesto de presente, nuevamente, los riesgos y la incertidumbre que acarrea la energía nuclear.

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Si bien tan sólo ocho países (que se conozcan) disponen de la capacidad de producir armas nucleares, en 30 operan más de 440 reactores de energía nuclear y en 56 funcionan cerca de 250 reactores adicionales de investigación civil. La energía nuclear suministra el 14% de la electricidad mundial, aunque 16 países dependen de ella para el consumo de más de una cuarta parte de ella. Y en el caso de Francia, Lituania, Bélgica, Eslovaquia, Ucrania y Eslovenia dicha cifra asciende a entre 75 y 50%.

A pesar del uso creciente de este tipo de energía alrededor del globo, su atractivo como solución energética del futuro ha sido seriamente golpeado. Aunque no se puede calcular todavía la magnitud ni los efectos de salud de los escapes radiactivos en Japón, desde ya el caso se está comparando con Chernóbil (1986), el peor accidente nuclear de la historia, que afectó no sólo a la ex Unión Soviética sino a la mayor parte del continente europeo. Junto con el accidente de 1979 en Three Mile Island (en Pensilvania), Chernóbil expuso tanto los peligros de la energía nuclear como las deficiencias existentes en cuanto a su regulación.

La coincidencia entre un cuarto de siglo de avances en los mecanismos de seguridad para el uso de la energía nuclear y la creciente preocupación mundial por el deterioro ambiental del planeta hizo que gobiernos, científicos, economistas y hasta ambientalistas comenzaran a ver en ésta una alternativa atractiva para limitar la producción de emisiones de gases de efecto invernadero, promover fuentes renovables de energía y satisfacer la insaciable demanda energética de los seres humanos. En Estados Unidos, el gobierno de George W. Bush fue el primero en levantar las restricciones existentes para la construcción de nuevas plantas nucleares, decisión que fue apoyada por Barack Obama, quien argumentaba hasta hace poco que ello era crucial para aumentar el suministro de energía “limpia”.

Ante lo ocurrido en Japón el consenso bipartidista que se había construido en torno a la promesa nuclear parece haberse evaporado. De forma similar, algunos países europeos han anunciado que reevaluarán la seguridad de sus reactores y que considerarán reducir su dependencia sobre la energía nuclear. Tal es el caso de Alemania y Suiza, por ejemplo. Por su parte, la Unión Europea ha llamado a reunir a las autoridades regionales para determinar si las plantas nucleares en el continente pueden resistir desastres naturales semejantes.

Sin duda, la “furia planetaria” se ha erigido como un argumento potente en contra de quienes afirman que la energía nuclear constituye una alternativa segura y sostenible a fuentes no renovables como el petróleo y que resolverá el calentamiento global. No deja de ser una terrible paradoja de la “madre naturaleza” que justamente el problema que la energía nuclear suponía resolver, el deterioro ambiental, sea la causa de su vertiginosa caída.

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