Después de que por varios años los capitales buscaron masivamente las inversiones en los países emergentes, fruto, en buena parte, de las políticas expansionistas de los bancos centrales de Europa y Estados Unidos, este movimiento ha comenzado a reversarse. Algunos de estos capitales están de regreso, atraídos por las alzas de las tasas de interés de Estados Unidos y otros países desarrollados, resultantes de la normalización monetaria que buscan sus bancos centrales.
El cambio de dirección de los flujos de capitales produce desajustes e inconvenientes en los países emergentes más vulnerables. Después del último incremento en las tasas de la Fed, por ejemplo, se devaluaron las monedas de Argentina y Turquía; se creó una crisis de confianza en sus economías, subió la inflación y bajaron sus pronósticos de crecimiento. La onda devaluacionista se extendió rápidamente a numerosos países emergentes y les pegó más duro a los más débiles, entre ellos, Brasil y Suráfrica.
Hasta ahora la economía colombiana ha salido bien librada. La inflación está controlada y avanza una modesta recuperación de la actividad económica. Aunque el precio del dólar se acercó transitoriamente a los $3.100, la tasa anual de depreciación del peso colombiano es bastante menor que la de otras partes. Esto se debe a una percepción de riesgo país relativamente baja, así como a las buenas calificaciones de crédito y la confianza en el tradicional manejo prudente de la economía. De todas formas, la inversión de portafolio, sobre todo en acciones, viene cayendo en forma gradual desde hace unos meses, un fenómeno que se aprecia bien en los modestos índices de crecimiento de la bolsa de valores.
En cambio, en 1998 y 1999, cuando Colombia padecía de déficits fiscales y externos extraordinariamente altos y, además, existían dudas sobre la viabilidad política y social del país, el impacto de la crisis internacional de la época fue devastador. El país sufrió la peor recesión de su historia moderna, con enormes costos sociales en términos de desempleo, pobreza y sufrimiento de millones de personas. De esa experiencia se aprendieron numerosas lecciones sobre el manejo fiscal, cambiario y financiero. Se cometieron errores que no deben repetirse en la actualidad.
Con los problemas actuales de la economía mundial, la salida de capitales de países emergentes puede continuar e incluso acentuarse en los próximos meses. Estos flujos podrían avivarse, según numerosos observadores, con algunos fenómenos como el avance del proteccionismo y las guerras comerciales que atiza Trump. Estas son señales de alerta que deben obligar a las autoridades colombianas a reforzar, en la medida de lo posible, los blindajes necesarios para mitigar el impacto de las eventuales turbulencias externas del futuro. En esta materia, como es obvio, es clave la calidad del manejo fiscal.
El país no debería permitir que las dificultades políticas y de gobernabilidad impidan que se adelanten las reformas necesarias para asegurar que se cumpla la regla fiscal en los próximos años. Como todavía están presentes los recuerdos y algunas de las cicatrices que dejó la gran crisis de hace dos décadas, se debe evitar que el país vuelva a tener un grave desequilibrio macroeconómico que ponga en riesgo sus importantes logros sociales y económicos de los últimos años.
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