MUCHOS SE PREGUNTAN SI A RAÍZ de la crisis de Wall Street se va a repetir la recesión colombiana de finales de los noventa. Se anota que el desplome de esos años se originó en otra emergencia internacional, aquella desatada por los graves desajustes financieros de Asia, Rusia y Brasil. Y en el campo doméstico se señala que hoy como entonces se vive el final de una gran burbuja de crecimiento económico, centrada en la construcción, el crédito y el consumo.
Más allá de estas semejanzas, la coyuntura actual es distinta que la de hace diez años.
La primera gran diferencia es que la crisis de los noventa ocurrió en la periferia, en los países emergentes cuyas economías se alimentaban de flujos de capitales que llegaban de los países ricos. La economía de Estados Unidos estaba sólida —se vivían los alegres años de Clinton y la europea gozaba de salud. Con el inicio de los problemas en Asia, con el temor del contagio y de la insolvencia de los principales países periféricos, cesaron de golpe los movimientos de capitales. Las grandes entidades de crédito suspendieron bruscamente los flujos de financiación y así se precipitó la crisis en casi toda América Latina y otras regiones.
Después de grandes vacilaciones, las autoridades de Estados Unidos hoy se muestran decididas a evitar a toda costa el desplome del sistema. Están nacionalizando bancos en forma generosa; otorgan créditos y emiten garantías a diestra y siniestra. Han resuelto, además, crear una agencia especializada que recoja las deudas malas de la economía para que las gestione el gobierno (una especie de CISA norteamericano). Si tienen éxito, evitarán el colapso e impedirán que el problema se extienda al resto del mundo.
A finales de los años noventa la economía colombiana estaba en una situación bastante peor que la actual. Su vulnerabilidad era enorme. Los déficit fiscal y de cuenta corriente de comienzos de 1998 superaban el 6% del PIB (las cifras habían recibido todo el impacto de los escándalos y del desmadre fiscal de la época). Desde 1997 se había relajado la política monetaria en forma temeraria, en medio de los nubarrones de la situación internacional, con el objeto de tratar de reactivar la economía (así se financiaron los ataques al peso en los años siguientes) y, más adelante, ya sin esperanza, se trató de defender la banda cambiaria durante muchos meses. Ante los inclementes ataques cambiarios, las tasas de interés llegaron a niveles astronómicos. El enorme hueco fiscal, la raíz de la crisis, sólo se atendió en la administración Pastrana, cuando ya era demasiado tarde.
Aunque elevado, el déficit fiscal de hoy es bastante más manejable que el de entonces. Desde hace meses, el Banco de la República está drenando liquidez. Las reservas internacionales son abundantes y los bancos están bien capitalizados. Los movimientos de la tasa de cambio (no las tasas de interés) absorben los movimientos de la demanda de divisas.
Lo anterior no quiere decir que la situación internacional no tendrá un impacto negativo en el escenario doméstico. El riesgo país ya ha subido más de 100 puntos; los flujos de crédito internacionales se han detenido (va a ser difícil financiar proyectos productivos con recursos externos); el precio del dólar ha aumentado en forma significativa y va a acentuar las presiones inflacionarias.
La desaceleración de la economía de Estados Unidos afectará a Colombia, Venezuela y otros vecinos. No estamos ad portas de una recesión como a finales de los noventa, pero sí parecen inevitables tasas de crecimiento mucho más modestas que las de los últimos años.