Algunas de las modas políticas de América Latina llegaron tarde a Colombia y algunas veces adoptaron formas suavizadas y con notables variaciones.
Cuando en los años 60, al amparo de la Guerra Fría, el continente se llenó de dictadores anticomunistas, Colombia mantuvo el restrictivo pero moderado Frente Nacional. Más adelante, cuando una nueva generación de generales impuso la doctrina de la Seguridad Nacional en los años 70, la versión nativa fue la del gobierno Turbay con sus caballerizas y abusos contra los derechos humanos. Años después, la versión doméstica del experimento de Alberto Fujimori, con su lucha contra Sendero Luminoso, fueron los gobiernos de la Seguridad Democrática y su búsqueda incesante de la reelección (es posible que la Corte Constitucional, al impedir su tercer mandato, hubiera salvado al presidente Uribe de la suerte que hoy padece el Chinito).
Hace algunos años varios países de América Latina tuvieron gobiernos de izquierda que ganaron elecciones y mantuvieron una elevada popularidad, rápido crecimiento y sensible reducción de la pobreza. Con base en estos ejemplos, cuando comenzó la negociación con la guerrilla algunos analistas señalaron que el ejemplo de Rousseff, Ortega o Mujica —quienes habían sido guerrilleros en su juventud— podía alentar a los comandantes de las Farc a dejar las armas y buscar el poder en las urnas. Las preguntas que dejaron en el ambiente se referían a cuándo y cómo se produciría este fenómeno en el país.
Ya pasaron, sin embargo, los días de la euforia generada por Lula, Chávez y Kirchner, que fueron animados no sólo por su liderazgo, sino por los altos precios de las materias primas. Hoy, sin sus carismáticos jefes y con las cotizaciones de los commodities por el piso, Venezuela, Argentina y Brasil sufren de graves crisis económicas (recesión, alta inflación, aumento de la pobreza y del desempleo), así como de la incompetencia, la corrupción y la impopularidad de sus mandatarios. Es probable que en pocos años la experiencia de la izquierda populista, corrupta y abusiva —especialmente la de Nicolás Maduro y Diosdado Cabello— sólo sea una horrible pesadilla que buena parte de América Latina querrá olvidar.
Cuando estos gobiernos se expongan a elecciones libres, es muy posible que sean relevados del poder, no necesariamente para poner en su lugar regímenes de derecha, sino, seguramente, gobernantes de centro, socialdemócratas. Será difícil, sin embargo, que esto suceda en Venezuela, cuyo Gobierno se ha convertido en una dictadura violenta y represiva que probablemente con mañas y trapisondas impedirá que sus ciudadanos expresen su voluntad en las mesas de votación.
La demora en la negociación de los acuerdos de paz de La Habana les ha permitido a los colombianos y a los mismos guerrilleros apreciar la descomposición y putrefacción del régimen bolivariano y los estertores de los gobiernos populistas de Brasil y Argentina. Muy pronto también se podrá observar el acercamiento definitivo de Cuba a Estados Unidos, así como su inevitable apertura económica, tal vez cercana a la de los regímenes actuales de China y Vietnam, y cada día más lejana de lo que soñaron los muchachos que se fueron al monte hace más de 50 años. En estos modelos declinantes no habrá, por fortuna, modas atractivas para imitar.