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Contra la ciudad

10 de marzo de 2019 - 12:00 a. m.

Con tal de tirarse a Peñalosa quieren dejar a Bogotá sin metro. Sus odios están por encima de las necesidades de la ciudad y, sobre todo, de los intereses de la gente de bajos recursos que usaría los trenes entre Bosa, el centro y la zona comercial y financiera.

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Como consecuencia de haber convertido un complejo debate técnico en uno ideológico y político, los argumentos del Polo no son serios. El que parece subyacer en los discursos tiende a sugerir que un metro elevado, con costos moderados y un tiempo de construcción acotado, articulado con otras formas de transporte masivo, es derechista o incluso neoliberal. Y, asimismo, que el metro subterráneo, con altísimos costos y enormes riesgos geológicos, así como gran incertidumbre sobre el tiempo de su construcción, la amada herencia de Samuel Moreno y Petro, es progresista y de avanzada.

Otra cansona letanía dice que el metro del odiado Peñalosa no tiene estudios. Este argumento no tiene ni ha tenido nunca sustento alguno. De acuerdo con las normas, ni el Gobierno Nacional ni los bancos multilaterales hubieran podido comprometer sus recursos sin que existiera la preparación técnica necesaria para que el proyecto siguiera adelante a lo largo de sus distintas fases. A partir de los estudios iniciales, suficientes a juicio de los financiadores nacionales e internacionales, y a medida que el proyecto fue surtiendo sus distintos pasos, se fueron completando los diseños hasta el punto de que, en el momento actual, cuando las obras van a salir a licitación, cuenta con todo el soporte técnico necesario. Al respecto, el gerente del proyecto, Andrés Escobar, informa que en la página de internet del metro se encuentran disponibles todos los diseños desde mediados del año pasado, los mismos que por la red han sido descargados decenas de miles de veces.

Y cuando ya todo les falla, desprovistos de argumentos, para perjudicar a la ciudad —queriendo tirarse a Peñalosa— apelan a leguleyadas, argucias procedimentales, referencias torcidas sobre el POT, viejas certificaciones sobre la necesidad del metro, tecnicismos mañosos y demandas que buscan que, de cualquier forma, se suspenda la licitación en marcha. Estas maniobras constituyen una expedición de pesca, con la esperanza, tal vez, de que caiga algún juez o un magistrado que comparta la animadversión por el alcalde y que, colgado de un inciso o un parágrafo, le ponga un palo a las ruedas del mayor proyecto de la historia de la ciudad.

La síntesis es que cuando después de tantos años por fin se cuenta con un proyecto completo, bien financiado, en proceso de licitación, con el respaldo del Gobierno y de la banca multilateral, el grupo que peor ha administrado la ciudad intenta, otra vez, hacerles daño a los bogotanos, poniéndole fin a un sueño colectivo de muchas décadas.

En la campaña que comienza, los candidatos serios a la Alcaldía deberían admitir, más allá de sus preferencias y puntos de vista sobre el metro elevado, que este es finalmente una realidad, que no debería postergarse más. De otra forma, la ciudad se expone a perder otros cuatro años preparando el próximo proyecto, el cual, si llega a diseñarse, seguramente, por sus serios problemas financieros y técnicos, no será ni el de Samuel y Petro ni tampoco, por supuesto, el de Peñalosa, y tendría que buscar el apoyo del sucesor del presidente Duque.

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