LAS REFORMAS QUE SE INTRODUJEron en Colombia en materia de servicios públicos hace 20 años han sido enormemente exitosas en términos de mejora de la cobertura, calidad y equidad. Prueban que el país, cuando se lo propone, tiene la capacidad de realizar importantes transformaciones institucionales, del calado de las que, de cuando en cuando, se piensa que hoy son imposibles como, por ejemplo, las pensiones, o una gran reforma tributaria estructural, entre otras.
En forma paralela a sus grandes logros, algunos de los principios de la Ley 142 de 1994 fueron, rápidamente, superados por cambios tecnológicos. En materia de telefonía, por ejemplo, las reformas buscaban la entrada de nuevos operadores, mayor inversión y un rápido aumento de la precaria cobertura. Eso no sucedió exactamente así, pero, en realidad, pasó algo mejor. La enorme difusión de la telefonía celular –fruto de otra reforma de comienzos de los años noventa– hizo que la expansión de la telefonía fija, tal como se concebía en esos años, fuera una cosa del pasado y que, en una década, prácticamente toda la población tuviera acceso a buena comunicación telefónica por medio de aparatos móviles.
En forma semejante, la revolución del internet, casi desconocida en 1994, ha permitido la conectividad y el acceso de millones de personas a mensajes, redes sociales y una variedad de formas de multimedia. Este es un servicio con escasa regulación, tarifas libres, abierto a la competencia, con creciente penetración en toda la sociedad. La tarea del Estado en esta materia es asegurar la competencia y tratar de lograr el acceso universal, especialmente en regiones apartadas y de bajos ingresos (hay que celebrar que el Gobierno haya decidido establecer 1.000 zonas gratuitas de wifi).
En el campo de la generación y distribución de energía, en el mundo están ocurriendo profundos procesos de innovación tecnológica que Colombia todavía no ha incorporado adecuadamente a sus regulaciones y políticas públicas. Entre ellos: (i) varias formas de energía, entre ellas la solar, la eólica y la geotérmica, que en ciertas condiciones ya son competitivas con aquella generada por medios tradicionales; (ii) todos los días aparecen nuevos esquemas de la llamada generación distribuida –que se origina cerca del sitio de consumo, por medio de paneles solares o pequeñas plantas— que opera con respaldo de la red; (iii) las micro-redes, que agrupan, en forma descentralizada, unidades de consumo y generación, también respaldadas por la red; y (iv) las nuevas tecnologías de la información que optimizan los sistemas.
Mientras que numerosos países del mundo ya han adaptado sus políticas y regulaciones para permitir el libre desarrollo y adopción de estas tecnologías, en Colombia apenas se han dado los primeros pasos. Y, a veces, esos pasos son seguidos de retrocesos y confusas señales regulatorias. Subsisten muchos obstáculos para la entrada de nuevos jugadores, el establecimiento de modelos de negocios alternativos y distintas maneras de concebir el uso de las redes y los activos de generación y distribución. Es necesario que, con una orientación innovadora y futurista, se transformen algunas concepciones sobre el sector eléctrico y se incentive el cambio, la eficiencia, el ahorro de energía y el cuidado del medio ambiente. Casi todo está por hacer en esta materia.