Muchas vidas terminan demasiado rápido. Ciertos jóvenes excepcionales mueren antes de alcanzar todo su potencial, pero dejan indicios de todo lo que su genio hubiera podido producir. La historia de las artes y las ciencias está salpicada de brillantes fogonazos que permitieron presentir obras extraordinarias que nunca se concretaron.
Los asesinatos de ciertos políticos que en su momento encarnaron esperanzas de grandes transformaciones sociales alimentan perdurables leyendas populares. Quienes así salen de la historia dejan atrás una imagen limpia, libre del desgaste natural que trae el ejercicio del poder, los fracasos, las frustraciones y los golpes de los adversarios. La dolida imaginación lleva a pensar que todo hubiera sido mejor si, en el Gobierno, ellos hubieran podido llevar a la práctica sus ideas renovadoras.
El fin de las carreras de otros personajes también ocurre en forma súbita y repentina, pero después de que ya han alcanzado el triunfo. Cuando esto sucede, sus seguidores se lamentan de que sus héroes todavía hubieran podido saborear muchas victorias. En el deporte, el mejor ejemplo de este tipo de trayectorias es la implosión de Tiger Woods y Rafael Nadal, quienes, después de haber sido los mejores del mundo, a pesar de tener una edad en la que otros todavía ganan muchos títulos, dejaron, de golpe, los primeros lugares. Un caso parecido es el de Falcao, un jugador que fue admirado como uno de los mejores delanteros de Europa, pero que hoy, a duras penas, se mantiene en el Chelsea como el suplente de Diego Costa, el mismo que había sido su reemplazo en el Atlético Madrid (la característica común a estos deportistas es que el final comenzó con una lesión grave, después de la cual, tal vez por los temores de no poder volver a la cima, se hundieron en una angustiosa mediocridad).
La historia nos muestra también que numerosas obras artísticas alcanzaron la fama bastante después de la muerte de sus autores en medio de la pobreza y el anonimato. También sucede con alguna frecuencia que el triunfo de ciertos personajes sólo ocurre en forma tardía, después de que han sufrido muchas derrotas y soportado largos períodos de oscuridad. En la política, el ejemplo más destacado de este tipo de trayectorias lo proporciona Churchill, mil veces derrotado a lo largo de varias décadas, quien, reflexionando sobre su vida, diría que el éxito no es más que la capacidad de sufrir fracaso tras fracaso sin perder el entusiasmo (algunos presidentes de Colombia, como Belisario Betancur y Virgilio Barco, sólo llegaron a la Casa de Nariño después de numerosos intentos fallidos).
Cuando se piensa en estos temas, uno de los casos más intrigantes es el de Enrique Peñalosa. Después de haber sido un gran alcalde de Bogotá, con importantes y visibles realizaciones, un experto en urbanismo reconocido y admirado en todo el mundo, ha fracasado en sus numerosos intentos por volver a gobernar su ciudad. ¿Habrá alguien que dude, incluso entre sus numerosos malquerientes, de que la ciudad estaría muchísimo mejor si en su momento Peñalosa le hubiera ganado las elecciones a Samuel Moreno o a Gustavo Petro? ¿La trayectoria de Peñalosa será uno de tantos ejemplos de un éxito temprano seguido únicamente de derrotas sucesivas? ¿Tendrá su serie de fracasos un final feliz en las próximas elecciones?