HASTA HACE POCO TIEMPO, LA ZOna oriental de Colombia, la llamada Altillanura, gozó de un gran crecimiento y, año tras año, adquirió una mayor importancia en la economía nacional.
El volumen de su producción se multiplicó por 16 desde el año 2001, y su participación en el PIB pasó del 5,5% en 1990 al 9% en 2011. Ciudades como Villavicencio y Yopal crecieron atropelladamente; se multiplicaron sus viviendas, centros comerciales y negocios diversos. Recibieron grandes inversiones y flujos migratorios. Esta fue, por algunos años, la región del futuro de Colombia.
Esta promesa, infortunadamente, hoy puede ser una cosa del pasado. Los dos motores económicos que la impulsaron, el petróleo y la agricultura —mucho más el primero—, han perdido impulso.
Con la caída del precio del crudo, llegó a su fin un boom que atrajo grandes inversiones en exploración y explotación, construcción de oleoductos, así como de campamentos y plantas eléctricas, operación de flotas de miles de carros-tanques, facilidades de alimentación y otras actividades de apoyo al sector petrolero. La exploración ha decaído y las esperanzas de los descubrimientos se concentran ahora en el mar Caribe. Se han recortado o cancelado decenas de proyectos y numerosas operaciones complementarias vienen sufriendo un doloroso proceso de ajuste.
Durante varios años, impulsado por el Gobierno, se alimentó el sueño de un gran desarrollo agrícola moderno en la Altillanura, que atraería inversiones millonarias en amplias extensiones de tierra, a la manera del Cerrado brasileño y de otras experiencias exitosas en otros países. Ambiciosos proyectos de transporte y apoyo social complementarían el despegue de la gran agricultura colombiana. Esta visión, infortunadamente, comenzó a deshacerse desde antes del fin del boom petrolero. La enorme inseguridad jurídica y la falta de definición de aspectos clave sobre la propiedad de las tierras paralizaron las inversiones y los nuevos proyectos.
La devaluación del peso, como respuesta a la caída del precio del crudo, es una poderosa señal para que la economía colombiana movilice sus recursos (que antes iban al petróleo) hacia sectores como las exportaciones industriales y agrícolas, así como hacia la producción doméstica que atenderá la demanda interna que hasta hace poco se satisfacía con importaciones. El proceso desatado por la devaluación tendrá importantes impactos regionales. Favorecerá inicialmente las regiones donde ya existen plantas industriales, cultivos de exportación y facilidades turísticas modernas. Más adelante se concentrará en aquellos lugares donde se realicen inversiones relacionadas con estos sectores.
Muchos capitales que antes buscaban oportunidades en el sector petrolero del oriente seguramente se desplazarán hacia otras zonas. El desempleo aumentará (ya está aumentando) en las ciudades de la Altillanura. Allí se generarán menos tributos y regalías y la inversión pública decaerá. Es posible que, tal como ya ha sucedido con algunos desarrollos petroleros, se suspendan o aplacen proyectos de construcción de centros comerciales, viviendas y algunas industrias.
Así como en las dos últimas décadas la Altillanura fue una región ganadora y promisoria, en las nuevas circunstancias otras zonas del país recibirán los beneficios de la inevitable recomposición de la producción nacional.