Después de las victorias electorales, la alegría de los ganadores y sus ruidosas fiestas de celebración, los candidatos electos se preparan para gobernar con sus propias ideas y hacer realidad sus promesas de cambio y renovación.
Lo que el electorado no siempre sabe es lo difícil que será la tarea. Los gobernantes entrantes tendrán que superar enormes obstáculos y, con frecuencia, atravesar el terreno minado y alambrado por sus predecesores quienes, de esta forma, tratan de impedir que se deshagan las cosas que fueron rechazadas en las urnas.
El caso de Argentina es revelador. Antes de la posesión de Macri no se mantuvieron los protocolos más elementales de cordialidad y buenas maneras entre el presidente entrante y la saliente. No hubo empalme entre sus equipos. Macri y sus ministros, en realidad, no saben lo que van a encontrar. Ni cuánta plata hay en caja ni qué obligaciones se deben pagar en los próximos días. Se sabe, eso sí, de la existencia de muchos contratos y nombramientos de la administración saliente, precisamente para amarrar recursos, puestos y compromisos, pero, sobre todo, para obstaculizar la labor del nuevo presidente y mantener los privilegios de la señora Kirchner y sus socios. Cristina Fernández no asistió al cambio de gobierno, lo boicoteó, se despidió con una desafiante manifestación en la Plaza de Mayo y anunció una oposición cerrada al nuevo mandatario.
En Venezuela las cosas son todavía más difíciles. La oposición ganó el control de apenas uno de los poderes públicos –la mayoría en el Legislativo–, pero el chavismo maneja el Ejecutivo, la judicatura y amplios sectores del Ejército. Maduro se muestra agresivo, amenazante, dispuesto a defender, como sea, el poder. Lo que viene no es la tarea de reconstruir el país, asolado por la incompetencia y la corrupción del gobierno, sino nuevas luchas y mayores enfrentamientos contra él. Los partidos de oposición ganaron apenas una gran batalla democrática, pero están lejos del control del Ejecutivo. Además de sus avances y retrocesos en la Asamblea Nacional, tendrán que enfrentar los vetos y las zancadillas del chavismo y prepararse para ir unidos a las próximas elecciones presidenciales. Pasará mucho tiempo antes de que los venezolanos tengan la certeza de que su país ha recobrado el orden institucional, un manejo económico moderno y garantías judiciales para todos.
Tampoco será fácil el cambio en Bogotá. Peñalosa llega a la alcaldía con entusiasmo, un gran equipo (los colaboradores que ha anunciado son de primera categoría) y un programa viable para transformar la ciudad. Pero la administración saliente, al igual que el kirchnerismo, ha amarrado contratos, nombramientos y negociaciones, a sabiendas de que serán un palo en la rueda para el nuevo alcalde. Serán duros los primeros meses de la nueva administración. Se avecinan enfrentamientos entre quienes se aferran sus privilegios y quienes desean el cambio y deben cumplir el mandato de renovación y cambio de rumbo que recibieron de sus electores.
Los nuevos gobernantes deben mantener abiertos los canales de comunicación con la opinión pública para que ésta se entere de las dificultades que enfrentan. Así los electores podrán entender por qué no se toparán a la vuelta de la esquina con las promesas de campaña que los sedujeron y por las que votaron hace sólo unas pocas semanas.