JUAN MANUEL SANTOS YA COMENzó a realizar el destete del presidente Uribe; un proceso que, seguramente, continuará, débil en las próximas semanas, más firme después, hasta que se consolide en el curso del próximo gobierno.
Santos ha insistido en que Santos es Santos y Uribe es Uribe. A pesar de que subraya su admiración y agradecimiento a Uribe, siempre deja en claro que el suyo será un gobierno distinto, nunca una segunda reelección en cuerpo ajeno.
La primera manifestación se observó en su discurso de victoria en la primera vuelta. La convocatoria a la Unidad Nacional es un concepto que choca con la polarización como el principal instrumento de gobierno, a la manera de Carl Schmitt y sus seguidores colombianos. En lugar de tratar a los partidos de oposición y a los críticos de Uribe como enemigos, señalándolos de simpatizar con el terrorismo, Santos los invitó a unirse a su gobierno.
En desarrollo de esta concepción, Santos emitió una segunda señal de independencia cuando, por encima de las objeciones del Palacio de Nariño, difundidas por el congresista Roy Barreras, recibió a Germán Vargas en su coalición.
El caso más interesante se dio con motivo del apoyo del ex presidente César Gaviria, quien anunció su voto por Santos, por medio de un mensaje donde también expresó su esperanza de que éste se distanciara de los errores y extravíos de Uribe. Lo interesante es que, antes de que Santos respondiera, el presidente Uribe emitió agrias críticas y descalificaciones a Gaviria y posteriormente provocó, con insultos, un bochornoso incidente telefónico. En forma inteligente, el senador Luis Fernando Velasco señaló en su entrevista con Yamid Amat que, en realidad, el objetivo de Uribe no era agraviar a Gaviria sino mandarle un mensaje (¿un ruego inconsciente?) a Santos, para que rechazara la adhesión del ex presidente liberal. Lo interesante es que Santos aceptó el apoyo de Gaviria, claro, después de hacer una defensa predecible del actual presidente.
Quienes son escépticos sobre el significado de estos movimientos de emancipación argumentan que se trata de simples posturas tácticas e insisten que en temas “duros”, como los del fuero militar y la justicia, Santos sigue siendo Uribe.
Hay varias razones para pensar que Santos seguirá imponiendo diferencias con Uribe. Santos debe saber que su sitio en la historia dependerá de su capacidad de hacer un gobierno diferente, moderno, marcado por su propio liderazgo. Sería incomprensible que aspirara a seguir el camino de aquellos mandaderos que Rafael Núñez dejaba a cargo del poder en Bogotá cuando deseaba vivir en Cartagena.
Santos debe saber que no les conviene ni a él ni a Colombia que se perciba en el exterior que el suyo será también un gobierno de extrema derecha, camorrista con los vecinos, intolerante con la oposición, repudiado por los intelectuales, mirado con suspicacia en los parlamentos y universidades de los principales países del mundo.
El tamaño de la brecha, el grado del destete que alcance Santos, dependerá de su capacidad de construir las bases de un poder político propio, que logre la aprobación y el reconocimiento nacional e internacional. En este propósito también será importante que Uribe comprenda que en Colombia habrá un nuevo presidente el 7 de agosto. Esto le ahorraría muchas complicaciones y sinsabores a la vida colombiana.