Así como después del apagón de 1992 quedó claro que el país no podía depender en forma excesiva de la generación hidráulica y, para elevar la confiabilidad del sistema, se impulsó una política de construcción de plantas térmicas movidas con gas (un recurso ambientalmente sano que, entonces, se pensaba que era abundante), cuando quede atrás el reciente susto del apagón, el país debe decidir cómo será su plan de expansión eléctrica en las próximas décadas.
El primer elemento de este ejercicio debe ser reconocer las restricciones que enfrentan las fuentes tradicionales de generación. Los proyectos de generación hídrica encuentran, en forma cada vez más abierta y obstinada, la resistencia de las comunidades y, lo más grave, son crecientemente vulnerables a las variaciones de la hidrología como consecuencia del cambio climático (cuando se tienen en cuenta estos hechos, estos proyectos resultan menos atractivos financiera y técnicamente). Por otra parte, la disponibilidad de gas en el país no es suficiente para apoyar el montaje de nuevas térmicas basadas en este combustible (varias plantas existentes han tenido que utilizar combustibles líquidos en forma ineficiente y onerosa). Colombia, por último, se comprometió a reducir las emisiones de gases invernadero, de tal forma que existe una limitación real al crecimiento de la generación con base en carbón.
Si bien las fuentes tradicionales enfrentan dificultades, en el mundo existen grandes oportunidades gracias a nuevas alternativas ambientalmente sanas y financieramente viables. La generación con energía solar, eólica y de biomasa se está instalando en forma masiva en otros países, con costos competitivos. Esquemas de autogeneración o de generación distribuida, parcial o totalmente independientes de las redes, están ganando espacio en EE. UU. y Europa. Asimismo, en otras latitudes se están incorporando con notable éxito las más avanzadas tecnologías al manejo de la demanda y se han convertido en un mecanismo poderoso para racionalizar el consumo de energía.
Los nuevos planes de expansión de Colombia tendrán que considerar en forma realista las restricciones existentes al montaje de plantas hídricas y térmicas con gas y carbón y, en consecuencia, deberán incorporar en forma decidida las nuevas tecnologías que ya han ganado participación en el manejo de la oferta y la demanda de energía en otros países. Pero esto no será posible si antes no se enmiendan algunas deficiencias en la regulación, se establece una política seria y realista de suministro y precios de los principales combustibles, y se diseñan estructuras arancelarias, tributarias y societarias que permitan la instalación rápida de las nuevas tecnologías de generación y distribución de energía. Estas son tareas prioritarias en el futuro próximo.
La llegada de un nuevo ministro y el final del fenómeno de El Niño le proporcionan al sector eléctrico una oportunidad para revisar, en línea con los mejores desarrollos en el mundo y en forma respetuosa con las restricciones ambientales y económicas, las políticas, estrategias y regulaciones necesarias para adelantar un moderno proceso de expansión eléctrica. Este, que podría ser uno de los mejores legados de este Gobierno, le garantizaría a la economía una oferta adecuada de energía en las próximas décadas.