Los departamentos del occidente de Colombia, vecinos del océano Pacífico, vienen perdiendo peso en la economía nacional.
Y, al paso que van, seguirán haciéndolo en el futuro previsible. En los 30 años que van de 1980 a 2010, la participación en el PIB de los departamentos de Valle, Cauca, Nariño, junto con los del Eje Cafetero, se redujo del 22,4% al 16,9% (una caída del 5,5%). Las bajas más pronunciadas fueron las de Valle, 2,2%, y Quindío, 1,4%.
En estas décadas Colombia se transformó en una economía petrolera y minera, lejos de sus regiones Pacífica y occidental. El café cedió su rol protagónico; los grandes desarrollos carboneros se concentraron en la zona norte y los petroleros en el oriente; las nuevas exportaciones fluyen por los puertos del Caribe. Gran parte de la infraestructura que soportó la expansión minera y petrolera —oleoductos, carreteras, puertos, entre otros— no se construyó en el occidente. Y, también, el mayor gasto local, jalonado por las regalías y otros impuestos, se concentró en las regiones beneficiadas por las nuevas exportaciones.
Mientras que Buenaventura movilizaba antes de 1980 cerca del 50% de la carga del país, esta cifra ya había caído a menos del 10% en 2013. La carga de exportación ahora pasa abrumadoramente por puertos carboneros y petroleros especializados del litoral Caribe. La mayor parte del tráfico de contenedores y otras cargas, asimismo, se concentra en el norte del país.
La lógica de las nuevas inversiones en carreteras y autopistas apunta a consolidar las exigencias del nuevo país minero y petrolero. De acuerdo con los planes en marcha para construir autopistas y ferrocarriles, así como para rehabilitar el río Magdalena, Colombia está optimizando y ampliando su conectividad interna y, en especial, el flujo de transporte entre el centro y el oriente del país con la región Caribe. Como están las cosas, el Pacífico seguirá marginándose.
El discurso comercial de Colombia va en contravía de las realidades de la zona Pacífica. A pesar de las promesas de la cuenca del Pacífico y de la firma de la Alianza del Pacífico con países vecinos, Colombia tiene serias restricciones para desarrollar su comercio exterior por ese océano (no es una coincidencia que una reunión presidencial de esa Alianza tuviera que hacerse en Cartagena).
La infraestructura es un serio cuello de botella del Pacífico. A pesar de algunos progresos, la zona portuaria de Buenaventura tiene limitaciones (necesidad de dragados y estrechez que impide la operación de los buques de mayor calado). Y, además, la conclusión de una doble calzada ininterrumpida entre Bogotá y ese puerto está seriamente entorpecida por el fraccionamiento de una serie de obras desarticuladas, algunas mal concebidas, otras no contratadas, la mayoría con dificultades y demoras de todo orden, de tal forma que, con suerte, el proyecto completo Bogotá-Buenaventura sólo culminará en algún año de la próxima década.
La expansión de la economía del Pacífico exige la ejecución acelerada de muchas obras que avanzan a paso de tortuga, así como la construcción de un nuevo puerto en ese litoral. El estudio serio de este proyecto y el desarrollo de los necesarios debates sobre temas ambientales y sociales ni siquiera han comenzado.
Mientras todo esto siga así, el Pacífico y el occidente seguirán marginándose del desarrollo nacional.