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El sueño de su padre

17 de enero de 2009 - 10:00 p. m.

AL COMENZAR SU VIDA ADULTA, SUS amigos y conocidos vaticinaron que el ascenso y el éxito —que, por su inteligencia y dedicación, le llegaban con facilidad lo alejarían para siempre de los suyos: “Cuando entres a la universidad le decían, en la puerta dejarás a tu raza y a tu gente”.

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Y venía de bien atrás. Negro, pobre y huérfano de padre, vivió parte de su niñez en la miserable Indonesia rural de los años sesenta; sus mascotas fueron micos y cocodrilos; vio matar gallinas para las comidas familiares; corrió descalzo por arrozales cuando elevaba sus cometas. Más tarde, en Hawai, como un adolescente sin rumbo, consumió alcohol y marihuana. En California, sus juergas universitarias, entre trabas y borracheras, se prolongaban durante varias noches. Cuando en Nueva York se convirtió en un nerdo soportable (dejó el trago y el porro, corría varios kilómetros diarios y ayunaba los domingos), aceleró su marcha ascendente. Su vida ya tenía una dirección. Graduado de Columbia, trabajó en las barriadas de Chicago y viajó para conocer a sus parientes de Kenia. Ante la incredulidad de muchos, dijo que ese imparable ascenso, que continuaría en Harvard y luego en la política, no lo haría olvidar a todos los que aparentemente dejaba regados en el camino.

A lo largo de su veloz carrera, siguió el rastro y la imagen imprecisa de su padre, a quien casi no conoció —doctor de Harvard, soñador en trance de transformar la vida de su país—. La idealizada imagen paterna (construida por las necesidades de su hijo) guió el camino del adolescente que pudo sucumbir ante las drogas y la violencia. Cuando éste, más adelante, entendió los dolores y fracasos de su antecesor, ya estaba del otro lado. Ya era él mismo. Pero siempre, en la búsqueda de su padre, de sus palabras y sus sueños, encontró un propósito de trascender, de dejar una huella en la sociedad. El joven Obama se adueñó de ese propósito, como de una herencia legítima, y lo convirtió en realidad.

En sus tempranas memorias (Dreams from my father) nos cuenta que en un momento clave de su vida, cerca del lago Victoria, entre llanuras y pastizales, visitó K’Obama, la tierra de los Obama. Cerca de allí, oyó de su abuela, en un tono mágico, como parte de una génesis africana, la historia de su tribu, de su familia. Supo de sus dolores y sus pequeños triunfos; de la vida de sus mujeres y ancianos, de su rebeldía y también de su sumisión a los blancos; supo que su propio afán de saber y de estudiar también venía de sus mayores. Allí, frente a las tumbas de su padre y de su abuelo, entendió cómo encajaban las disímiles piezas de sí mismo. Con esa certidumbre, volvió para continuar la carrera que dos décadas después lo llevaría a la Casa Blanca.

Barack Obama ha resuelto satisfactoriamente las grandes tensiones de su vida. Su rutilante ascenso, dirá en su discurso inaugural, no fue para olvidar a los suyos, sino para servir a los más pobres, los desempleados, a las clases medias. Y junto a la emocionada evocación de su madre y sus abuelos maternos, de quienes siempre recibió amor y apoyo, estará, sonriente, la figura de su padre. Sus sueños frustrados, como en tantos casos, se hicieron realidad en la vida de un hijo que los hizo suyos. Es el mismo sueño de tantas personas de color que, contra todas las apuestas, confiaron en que algún día sus hijos o nietos podrían ser presidentes de Estados Unidos.

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