Parecería que Santos, Uribe y las Farc estuvieran situados en los vértices de un triángulo.
Aunque tienen intereses, visiones y objetivos diferentes, después de la derrota del Sí, los tres parecen dispuestos a buscar un arreglo: De la Calle va a Cuba; Uribe visita a Santos. Las Farc, eso sí, no hablan con el Centro Democrático.
Una negociación entre tres (un juego entre tres, dirían los economistas) no tiene una solución simple. Puede conducir a un ciclo infinito e inestable. Pero hay salidas.
Como nos enseñó Kissinger en sus memorias, donde reflexiona sobre las negociaciones entre la Unión Soviética, China y Estados Unidos, un camino consiste en que dos de los tres se unan para encarar al tercero. Esto fue precisamente lo que ocurrió al final de la negociación de La Habana. Las Farc y el Gobierno, después de haberse enfrentado durante cuatro años, a veces de manera amarga, se aliaron, como uno solo, contra los del No en la campaña del plebiscito. Como perdieron, es hora de cambiar el juego.
Aunque, en principio, Santos es el intermediario natural entre los extremos, Uribe y Timochenko, ahora debe moverse, como lo está haciendo, para buscar un entendimiento con los voceros del No para conseguir modificaciones al acuerdo original, las mismas que, más tarde, deberían ser negociadas con las Farc.
Este tipo de negociación es difícil. En el mejor de los casos, la solución se encontrará, poco a poco, en forma tentativa, por prueba y error, hasta que se llegue a un escenario que sea aceptable para los dos extremos.
El temor a la reanudación de la violencia, una violencia que nadie quiere, puede catalizar y acelerar la búsqueda de un nuevo acuerdo. Fue, tal vez, por esta razón que el Gobierno anunció que el cese del fuego terminaría al final de octubre (pronto, sin embargo, después de la protesta de la guerrilla, dijo que podría prorrogarlo). Las Farc, por su parte, podrían estar tentadas a utilizar el terrorismo para asustar a la población y debilitar el consenso del No. Pero hay razones para dudar de su voluntad de seguir con la guerra. Sus militantes están cansados de un conflicto que saben que no pueden ganar y, después de varios meses de inactividad, seguramente han soñado con una vida como la del resto de los colombianos. Y sus comandantes, envejecidos, engordados y aburguesados por años de buen comer, buen beber y buen dormir en La Habana, tienen que entender que deben entregar trozos del acuerdo que firmaron con Santos.
Uribe es ahora el jugador más fuerte de la mano. Si el expresidente quisiera ser razonable, el problema podría resolverse en pocas semanas. Pero, si decide prolongar el juego y exigir modificaciones profundas a todos los puntos del acuerdo, como parece que es su intención, no habrá solución al impasse en lo que le queda al actual gobierno. La opción de negociar directamente con las Farc, excluyendo a Santos, aparecerá en el horizonte a medida que el país entre de lleno, a comienzos del año entrante, en la campaña presidencial.
Lo único claro es que cualquier cosa que pase exigirá la paciencia de la gran mayoría de los colombianos, quienes, como los miles de estudiantes que marcharon el miércoles pasado, están lejos de los vértices del triángulo y quieren que terminen los juegos de poder de los políticos. Aspiran a que no los jodan más y que, por fin, los dejen vivir en paz.