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Estratos y subsidios

02 de agosto de 2014 - 09:00 p. m.

Hace pocos días Roberto Lippi, un funcionario de ONU-Hábitat, animó la discusión sobre los estratos socioeconómicos. En sus declaraciones, al lado de una que otra verdad, dijo algunas necedades.

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Señaló que la estratificación causó la segregación de las ciudades colombianas (“hace que todos los pobres estén juntos y todos los ricos estén juntos en sectores distintos de las ciudades”), como si los barrios ricos y pobres hubieran sido creados por los estratos socioeconómicos, cuando la realidad es que el sistema de estratos se limitó a reflejar la realidad de ciudades tremendamente segmentadas, con el objeto de que el Estado pudiera cobrar más en los barrios ricos y menos en los pobres. Parecería que Lippi cree que la estratificación es la raíz de la desigualdad en Colombia. Otra ligereza es decir que, con los estratos, el subsidio se otorga a una casa y no a la gente. Los beneficiarios siempre son personas. El problema es que los subsidios no siempre llegan a los pobres.

Eso sí, Lippi tiene razón en afirmar que los estratos ya no son un buen mecanismo para identificar a los más pobres, quienes, de acuerdo con la política social, merecen los subsidios del Estado. Las cifras que comparan el ingreso de las personas con su estrato muestran que existen amplios grupos de personas de altos ingresos y medios que viven en zonas de estratos bajos. Este problema, además, se ha agudizado con el tiempo. Hoy en día, el 45% de la gente que pertenece a los estratos 1 y 2 forma parte, en realidad, de los dos quintiles más altos de la distribución del ingreso (hace 20 años este porcentaje era únicamente del 29%).

Hay varios incentivos para bajarse de estrato: (i) numerosos alcaldes, populistas y manzanillos, en plan de hacer política, sin ninguna justificación técnica les reducen el estrato a barrios enteros; (ii) mucha gente de ingreso elevado, para ahorrarse unos pesos, migra a buenas viviendas clasificadas erróneamente de estratos bajos; (iii) unos cuantos avispados logran que ciertas viviendas sin mayor mérito arquitectónico se clasifiquen como de patrimonio urbano para disfrutar tarifas de estrato 1. Con estos mecanismos se transfieren subsidios a bolsillos privados con cargo al presupuesto y los balances de las empresas de servicios públicos. En lugar del estigma que denuncia Lippi, muchos platudos se ufanan de pertenecer a un estrato bajo y gozar de tarifas reducidas.

La solución es simple. Sólo deberían recibir subsidios las personas clasificadas como pobres por medio de un Sisbén bien construido, a prueba de artimañas estadísticas. Deberían existir tarifas únicas para todos los usuarios de los servicios públicos y sólo los del Sisbén recibirían un descuento, un subsidio. Los altos consumos podrían ser gravados con tarifas superiores a los costos para financiar parte de los subsidios a los más pobres.

Para hacer realidad esta propuesta es necesario crear un sistema único de información de subsidios del Estado, con buenos controles para evitar que las trampas que hoy se hacen contra la estratificación deformen el Sisbén, de tal forma que los subsidios estatales lleguen sólo a los más pobres (ya se han colado en el Sisbén cientos de miles de personas que no son pobres). Un sistema de esta naturaleza, que exige inversiones en tecnología y auditorías sofisticadas, se puede establecer en un período razonable.

 

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