Guerras recicladas, de María Teresa Ronderos, es una apasionante narración de episodios centrales de la historia del paramilitarismo en Colombia.
Sus mejores capítulos describen (i) el origen del paramilitarismo en Puerto Boyacá; (ii) los Amalfitanos: la saga de los Castaño, Rendón y Arroyave; y (iii) las escuelas de crimen que manejaron mercenarios extranjeros, David Tomkins y Yair Klein entre ellos. Todos ellos deben ser una lectura obligada para quien quiera entender la violencia de Colombia en los últimos 40 años.
Ronderos ataca el mito del origen de la lucha de los hermanos Castaño. Muestra que esta no comenzó, como dice la leyenda paramilitar, cuando las Farc mataron a su padre, pues en esa época Fidel Castaño ya era un peligroso delincuente, conectado con el narcotráfico, el contrabando y otros delitos. Aunque la autora señala que, por mucho tiempo, los finqueros de varias partes de Colombia emprendieron la resistencia armada contra los secuestros y extorsiones de las Farc (por lo general con el apoyo del ejército), también muestra que el movimiento paramilitar llegó a tener un impacto nacional, con capacidad de negociar con el Estado, como una federación de ejércitos privados, únicamente después de que hombres como los Castaño se involucraran en gran escala con el narcotráfico y otras formas de delincuencia.
En forma semejante, como seguramente lo mostrarán los historiadores que van a contar la historia del conflicto en el marco del proceso de paz, las Farc no se hubieran podido multiplicar en decenas de frentes a partir de la década del ochenta sin los recursos del narcotráfico y otros delitos. Los cientos de asesinatos, los miles de secuestros y extorsiones, los collares bomba, los reclutamientos forzosos, las masacres y tantas otras brutalidades contra la población civil pusieron de presente el carácter criminal que había adoptado ese grupo armado.
Ronderos narra también que los paramilitares dedicaron buena parte de su tiempo y energía a realizar actividades distintas a enfrentar a la guerrilla: enormes negocios de drogas, tomas de tierras, contrabando, suplantación del Estado en áreas alejadas y violencia contra colonos, entre tantas cosas (la guerrilla también ha tenido numerosos objetivos económicos y delictivos diferentes a sus actividades militares).
En la introducción, el profesor James Robinson se apoya en la historia contada por Ronderos para esbozar su “lectura de la sociedad dual”. Sostiene que en el centro de Colombia funciona un país formal, donde sus instituciones operan más o menos bien y la pobreza es menor. Pero en la periferia —las zonas de frontera y las costas— se desenvuelve un país con altísima miseria, donde las leyes no se cumplen (la gente de algunas regiones de la Costa dice, por ejemplo, que “aquí no pegó la Ley 80”, la norma de contratación estatal) y allí actúan con impunidad la guerrilla, los paramilitares y otras bandas de asesinos. Como en otros escritos, Robinson sostiene que las dos partes de la sociedad dual, el centro y la periferia, se complementan y se articulan en buena medida por la mediación de una clase política “anfibia”, que camina con un pie en la legalidad y otro en el terreno del crimen (algo parecido a lo que sucede con los políticos del sur de Italia, quienes apoyan al gobierno de Roma y mantienen sus contactos con la mafia).