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Historias de tres países

21 de diciembre de 2013 - 06:15 p. m.

En los últimos meses, Cuba, Venezuela y Colombia han sido los países en donde interactúan, se refugian o viven los distintos negociadores de paz del Gobierno y la guerrilla.

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Lo que pasa en dichos países, lo que miran y oyen los negociadores en las calles de Cuba y Venezuela, debe tener alguna influencia sobre su manera de pensar y aproximarse al futuro de Colombia (quienes asistimos, por ejemplo, a los diálogos de Tlaxcala, además de lo que oímos en la mesa, admiramos la magnífica autopista de cuatro carriles que conecta el DF con Puebla; entendimos que eso era algo que se podía y se debía hacer en Colombia).

Hace décadas, cuando nacieron las Farc, Cuba, a los ojos de los guerrilleros y de ciertos intelectuales, trazaba el camino que debían recorrer los demás países del continente. Y hace diez años, cuando Cuba ya languidecía, agobiada por su economía centralizada y burocratizada, la Venezuela de Chávez hizo el relevo y, con una vigorosa política internacional, proclamó el socialismo del siglo XXI, acogió a las Farc y otros movimientos y les dio apoyo logístico y económico.

A finales de 2013 las cosas son diferentes. Cuba, en estado crítico, en medio de angustiosas limitaciones económicas, aún recibe subsidios millonarios de Venezuela y, poco a poco, introduce mecanismos de apertura a los mercados. Y Venezuela, todos los días más cerca de los controles y los racionamientos de la Cuba de antaño, se aproxima a un colapso económico y social. La inflación cercana al 60% erosiona los ingresos de la población. Incluso en cifras oficiales, ya se percibe un aumento de la pobreza, cuya reducción fue el mayor logro de los años de Chávez.

De la Calle no tiene la necesidad de decir en la mesa que Colombia, con todos sus problemas e inequidades, es hoy, entre los tres, el país más próspero y viable. Sus cifras de crecimiento, inflación, inversión y empleo así lo demuestran. Y, hacia el futuro, Colombia tiene las mayores potencialidades, con base en sus recursos, el tamaño de su mercado y el dinamismo de sus empresarios. En Colombia, asimismo, hay un consenso en que se requiere una política social más efectiva, una mejor educación y un impulso a la construcción de infraestructura.

Lo que los guerrilleros deben ver y oír en los campos de Venezuela o en los barrios de La Habana les debe decir a gritos que el socialismo del siglo XX y el del siglo XXI fueron espejismos, delirios y entusiasmos desechos por las realidades económicas. Además de las realidades militares, seguramente éste fue uno de los motivos por los cuales las Farc aceptaron, como base de las negociaciones, que no habría cambios de fondo en la estructura del Estado ni en el modelo económico. Quizás también por ello se ha acordado, por lo que se conoce, sin mayor ruido, una agenda reformista, sensata, para el campo, la misma que hubiera podido surgir, sin tanta alharaca, de un seminario de Fedesarrollo o del Banco Mundial.

Los negociadores van a observar en los próximos meses, sobre todo en Venezuela, una serie de desajustes y convulsiones económicas que seguramente les hará ratificar su voluntad de apostarle a Colombia, con una agenda reformista y de desarrollo social. Es probable que el modelo de Colombia, una democracia, con una economía de mercado, cada día más comprometida con la equidad, pueda ser el tipo de camino que sigan Cuba y Venezuela.

 

 

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