Si un Rip Van Winkle del mundo cafetero colombiano se hubiera dormido en 1972 y, después de un sueño de 40 años, hubiera despertado en estos días, recibiría noticias que lo aturdirían.
Le dirían, de entrada, que el mercado internacional del grano ya no se rige por el sistema de cuotas; que el gerente de la Federación no es un patriarca de Manizales sino un distinguido popayanejo, y que los mejores cafés son ahora los de Huila, Cauca y Nariño.
Apenas se hubiera recuperado de estas novedades, se enteraría de que Huila es el primer productor del país.
Las cifras de la cosecha de 2011 le causarían un gran impacto. De un total nacional de 7,81 millones de sacos, la producción del Huila llegó a 1,26 millones, por encima de la de Antioquia de 1,24 millones de sacos. Caería en cuenta de que la cosecha de Tolima es superior a la de Caldas; la de Cauca mayor que la de Risaralda, y la de Santander más alta que la de Quindío.
Van Winkle entendería que el eje cafetero del sur —Huila, Cauca y Nariño— concentra el 28% de la producción nacional, mientras que la antigua zona cafetera —Caldas, Quindío y Risaralda— llega apenas a un 20%.
Le insistirían en que las fincas del sur ganan los premios de los cafés de mayor calidad del país y reciben altas primas sobre sus precios de exportación.
En medio de tantos cambios, Van Winkle, tradicionalista recalcitrante, sentiría alivio al comprobar que aún no hay mujeres cafeteras en el Comité Nacional. Sentiría temores, además, de que el Juan Valdez de 2012 se pudiera vestir con la indumentaria de campesino huilense o caucano (¿Juan Polanía?).
Volviendo al pasado, Van Winkle recordaría que, antes de su sueño, la mayoría de los departamentos que ahora lideran la producción tenía una escasa representación en el gobierno del gremio, y, en consecuencia, buena parte de los programas de apoyo se volcaba sobre la antigua zona cafetera.
Nuestro personaje se aterraría al enterarse de que ya no hay banco, flota mercante ni ninguna de las empresas que el gremio poseía antes de entrar en su prolongado sueño. Alguien le contaría que varias corporaciones financieras y decenas de entidades se crearon y desaparecieron también mientras dormía.
Nuestro Van Winkle, finalmente, llegaría a plantearse la pregunta obvia: ¿qué fue lo que causó todos estos cambios?
Van Winkle pediría que le resolvieran la paradoja de que precisamente los departamentos del sur, aquellos que recibían menos apoyos por parte del gremio, los que estaban subrepresentados en el gobierno cafetero, los que estaban más alejados de los puertos de exportación, los que han tenido una mayor presencia de las Farc en sus territorios, fueron los mismos que terminaron produciendo más y mejor café después de que se acabó el sistema de cuotas en el mercado internacional.
Van Winkle se preguntaría si, para florecer y prosperar, la caficultura de Huila, Cauca y Nariño necesitaba que expirara la vieja organización cafetera, la que creció a la sombra de los pactos de cuotas.
Preguntaría si el aumento de la contribución (un mayor impuesto sobre los cafeteros) es una medida dirigida a volver al pasado o si, como lo manifiesta la cúpula del gremio, está enfocada a continuar con la modernización de la caficultura.
Con seguridad, Van Winkle podría encontrar respuestas a estas preguntas. Y, tal vez, nos lo pudiera contar en otra oportunidad.