El denominador común del comienzo de este año bisiesto fue el malestar y el mal humor, fruto del aumento de la inflación, el desfonde de los precios del petróleo y mediocres expectativas económicas.
Estos sentimientos se intensificaron con el miedo al impacto de la sequía, los anuncios de la reforma tributaria y, en algunos sectores, la certidumbre de que se acerca la hora de tragar sapos habaneros.
En estas condiciones, el manejo económico será especialmente complicado. Según algunos observadores, será difícil que el Gobierno impulse la campaña por el “sí” al mismo tiempo que propone el aumento del IVA y el recorte de numerosas exenciones. Concluyen que es posible que, por esta razón, las autoridades tomen la arriesgada decisión de posponer la necesaria reforma tributaria estructural para el año entrante o, incluso, para más adelante.
¿Cómo se alcanzarían las metas fiscales sin la reforma tributaria? En el corto plazo el Gobierno podría cumplir con la regla fiscal y evitar problemas con las calificadoras de riesgo mediante una gran austeridad en el gasto y, probablemente, con la imposición de algunos recortes presupuestales adicionales. Pero en un horizonte más amplio, sin la generación de mayores recaudos será imposible mantener el orden en las cuentas públicas, especialmente si se incorporan al presupuesto los cuantiosos gastos que exigen los programas del posconflicto (aunque, tal vez, la comunidad financiera internacional, ansiosa por colaborar con el proceso de paz, podría aceptar transitoriamente un manejo contable excepcional para algunos de esos renglones).
Otro de las temas de discusión en los próximos meses será la respuesta de las autoridades a la desaceleración de la economía que, para el mayor malestar y enojo de los críticos, no podrá ser expansionista. Ante el aumento de la inflación, el Banco de la República no tiene más remedio que seguir subiendo las tasas de interés (de otra forma, el crecimiento de los precios se estabilizaría en cifras semejantes a las de hoy, lejos de las metas oficiales). Y, en el frente fiscal, el ministro de Hacienda tendrá que negar solicitudes de gastos y subsidios sectoriales y regionales para mantener a raya el gasto público. Con buenas razones, el Gobierno insistirá en que en esta crítica situación su aporte al crecimiento de largo plazo tendrá que limitarse a la concreción del plan de concesiones 4G y asegurar que lleguen los prometidos beneficios de la paz.
Los debates que vienen serán interesantes y ruidosos. Ante la desaceleración económica muchas voces propondrán la relajación monetaria y fiscal. Así como alguien decía que cuando avanzan las tinieblas aparecen los monstruos, ahora que ya se apagan las últimas luces de la economía petrolera, sin que todavía se generen fuentes económicas alternativas, se escuchan propuestas que llaman a invertir las reservas internacionales en obras públicas y créditos al sector privado. El país no puede, a estas horas, en medio de una delicada situación internacional, imitar las políticas populistas que llevaron al desastre a Venezuela y Argentina. Se requiere que las autoridades mantengan con firmeza, como lo han venido haciendo, el rumbo de la dirección económica, mientras el aparato productivo hace el difícil tránsito hacia un modelo diferente al de la monoexportación minera y petrolera.