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Migración y antiinmigración

13 de mayo de 2016 - 11:19 p. m.

Algunos de los hechos que caracterizan la vida de algunos países avanzados es el rechazo de amplios grupos de su población a la migración, la desconfianza frente a los extranjeros y cierta tendencia al cierre de sus fronteras.

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Buena parte de la campaña de Donald Trump ha girado alrededor de sus propuestas de construir un muro a lo largo de la frontera de Estados Unidos con México, expulsar a millones de latinos y prohibir la entrada de los musulmanes a su país. Y varias naciones europeas, víctimas de atentados de ISIS, asediadas por el ingreso de decenas de miles de personas que huyen de las guerras del Oriente Medio, están imponiendo controles cada vez más fuertes a la inmigración, limitando sus políticas de apertura económica y padeciendo del avance de grupos de extrema derecha xenófoba (al respecto, fue muy interesante el discurso del papa Francisco “¿Qué te ha pasado Europa?” donde, entre tantas cosas, recuerda, en contra de lo que ahora ocurre, que “Las raíces de Europa se han hecho de consolidar culturas diversas,… la identidad europea ha sido siempre dinámica y multicultural”).

El movimiento hacia el enclaustramiento también acoge iniciativas para renegar o renegociar los acuerdos de libre comercio, como lo hacen Sanders y el mismo Trump en Estados Unidos, y que en Europa ha dado ímpetus a la propuesta conservadora de que Gran Bretaña deje de hacer parte de la Unión Europea –el famoso Brexit–, un tema fundamental no sólo para el futuro de Europa e Inglaterra, sino para buena parte de la economía mundial, que se decidirá en el referendo del próximo 23 de junio.

Ante este panorama, ha sido refrescante y esperanzadora la elección del nuevo alcalde de Londres, Sadiq Khan. Khan es un musulmán practicante, hijo de paquistaníes, que fue elegido por una amplia mayoría, a nombre del Partido Laborista. A diferencia de buena parte de los musulmanes británicos, Khan es tolerante en materia religiosa, apoya los derechos de los homosexuales, está en contra del Brexit y se proclama amigo del sector empresarial. Es un verdadero símbolo de una ciudad cosmopolita, abierta y progresista, donde viven millones de personas de razas, religiones y culturas diferentes (la misma sociedad que nos brindó la posibilidad de leer a autores tan británicos como Kazuo Ishiguro y Hanif Kureshi). En medio de tantas corrientes adversas a la diversidad y la apertura, la elección de Khan es una especie de anticipo de cómo podría ser el mundo si, eventualmente, se pudieran superar y dejar atrás las fuerzas del aislamiento y la xenofobia.

Cuando se piensa en las migraciones, Colombia ha sido un expulsor neto de su población a lo largo de varias décadas. Se estima que cinco millones de colombianos se han asentado, principalmente, en Venezuela, Estados Unidos, España y Ecuador, que, en no pocos casos, han sufrido dificultades, discriminaciones y maltratos. El episodio más reciente fue el de los abusos y expulsiones de miles de colombianos cometidos por el gobierno bolivariano de Nicolás Maduro. Asimismo, muchos de nuestros coterráneos que viven en Estados Unidos temen los maltratos y deportaciones que ha anunciado el candidato Trump contra los latinos. Colombia debe mantenerse firme junto a los países que exigen que se protejan los derechos humanos de quienes, forzados por las circunstancias, deben abandonar sus lugares de origen.

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