Al mismo tiempo que se recibían noticias del avance de las crisis de Europa y Estados Unidos, en Colombia mejoraban las proyecciones de crecimiento (se decía que el PIB subiría ya no a una tasa del 5 o el 5,5% sino del 6 o el 6,5%). Parecía que el país, optimista y confiado, se consideraba inmune al desastre que amenazaba a buena parte del mundo.
La realidad es que aunque la economía colombiana tiene cierta fortaleza, sus indicadores son sanos y su macroeconomía relativamente bien manejada, su suerte depende fundamentalmente de lo que ocurra en la economía mundial. Su situación se puede comparar con la de una pequeña casa, más o menos sólida, habitada por seres optimistas, que sufre el impacto de una tormenta, un alud o un fuerte temblor.
Aunque todavía no se sabe la magnitud ni la duración del deterioro de las economías de Europa y Estados Unidos, no hay duda de que si el mundo sufre otra recesión o si, como temen algunos, cae en un prolongado estancamiento, las economías de América Latina, y la de Colombia en particular, se verán afectadas. Será una réplica, mitigada tal vez, de lo que pasó en 2008.
Los canales de comunicación, las fuentes de contagio, provienen del sector real y del financiero. Del primero, lo más perturbador podría ser la baja de los precios de las materias primas, debido a la menor demanda mundial de productos como el petróleo y el carbón. Junto con la reducción de estas cotizaciones, caerán las inversiones en la expansión de la exploración y la producción, las mismas que alimentan el auge de las economías que dependen de productos básicos (en Colombia la bonanza minera y petrolera).
El contagio se da usualmente a través de las bolsas de valores y los mercados de los instrumentos que reciben el impacto de la crisis en los distintos mercados interconectados (si se prevé, por ejemplo, que un país no va a cumplir sus obligaciones, el mercado castigará el valor de las acciones de los bancos que tienen instrumentos de ese país). La pérdida de valor de las bolsas afecta las monedas e induce una caída de la inversión productiva. Los agentes económicos, a su vez, buscan refugio en la liquidez o en inversiones en bienes como el oro, la plata y los objetos de arte.
Es posible que el deterioro de la situación internacional obligue a las empresas y a los distintos países a revisar sus proyecciones del crecimiento de sus mercados y los precios de sus productos. Y esas nuevas cifras pueden llevarlos a tomar decisiones diferentes, más conservadoras, a las que tenían en mente cuando se vivía una situación de euforia.
El Gobierno ha explicado que el país tiene pertrechos: las reservas internacionales, los créditos ya conseguidos, el acceso a facilidades del FMI. Estos elementos pueden ayudar a defender la economía, pero no impedirán que la crisis, en el caso de que se profundice y prolongue, golpee el proceso de crecimiento.
Mientras se despeja la situación y se conoce el curso de los acontecimientos, lo único aconsejable es la prudencia, el cuidado de la liquidez y la protección de las finanzas públicas.
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No deben equivocarse quienes están felices con la renuncia del Bolillo. El país premoderno, machista y de cierta cultura mafiosa está dispuesto a mantenerlo, a toda costa, en su cargo. Y no sería sorprendente que lo lograra. Ese sería un golpe a todas las mujeres de Colombia.