El papa Francisco decidió que, a partir del próximo mes de diciembre, los procedimientos para estudiar y decidir los trámites de nulidad matrimonial, hasta ahora costosos y demorados, utilizados sólo por unos pocos, serán ágiles y gratuitos.
Trata así de resolver un problema de muchos católicos que, como tantos otros, disuelven sus matrimonios y, a veces, quieren casarse de nuevo por los ritos de su iglesia, pero no lo pueden hacer debido al tortuoso proceso de la nulidad. Muchos fieles, por este motivo, en sus segundas nupcias se casan por lo civil o, simplemente, mantienen uniones libres, alejados de la Iglesia.
La Iglesia Católica no acepta el divorcio (sostiene “que lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre”), pero acepta la nulidad matrimonial. El camino es, entonces, demostrar que el matrimonio nunca existió como consecuencia, por ejemplo, de deficiencias mentales, engaños, consanguinidad o problemas físicos de los cónyuges. Nulidad fue lo que buscó en vano Enrique VIII en su matrimonio con Catalina de Aragón (que, según varios historiadores, Roma rechazó por la presión del poderoso emperador Carlos V, sobrino de Catalina). La Iglesia sí decretó, en cambio, la nulidad del matrimonio de Lucrecia Borgia (hija del papa Alejandro VI) después de que su hermano César obligara a su esposo, Giovanni Sforza, bajo la amenaza de muerte, a declararse impotente.
La nulidad matrimonial ha sido, hasta ahora, un recurso difícil, costoso y demorado, un privilegio de gentes con recursos abundantes y poderosas influencias. Hace unas décadas, el presidente Virgilio Barco justificó el nombramiento de su embajador en Roma, un conocido expresidente, con el argumento de que había sido capaz de conseguir, en forma expedita, la nulidad de un matrimonio católico de más de 30 años. Y la ultra conservadora iglesia española ha aprobado con visible largueza la nulidad de los matrimonios de miembros de la nobleza y del jet-set (Isabel Preysler, la novia otoñal de Vargas Llosa, se las ha ingeniado para conseguir la nulidad de dos de sus matrimonios).
De acuerdo con las determinaciones de Francisco, el proceso de nulidad no tendrá costo y será fallado, en una única instancia, por los obispos. El papa creó, incluso, un procedimiento exprés, para ciertos casos de menor complejidad que cuenten con el consentimiento de ambos cónyuges, que puede terminar en sólo 45 días. Algunos comentaristas han señalado que algunas nulidades de matrimonios católicos serán más rápidas que los divorcios civiles.
La prensa internacional comenta que, mientras miembros de las corrientes progresistas han celebrado con entusiasmo esta reforma, otros, los más conservadores, se muestran alarmados y recuerdan que hace poco el papa Benedicto se pronunció en favor de los trámites prolongados y complejos. No pocos piensan que la tensión entre tradicionalistas y progresistas se reflejará en el tratamiento que les den los distintos obispos a las solicitudes de nulidad. Los más conservadores, fieles a sus ideas, seguramente serán duros, morosos y exigentes. Otros, los liberales, amparados por la ambigüedad de las normas, podrán mostrarse más laxos y veloces. Muchos se preguntan si esta reforma es un anticipo de otros cambios a las posiciones de la Iglesia en materias sexuales. Los próximos meses prometen noticias interesantes en estos temas.