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Santa Teresa y la deuda pública

21 de enero de 2012 - 08:00 p. m.

En su novela póstuma incon- clusa, Answered prayers, Truman Capote popularizó la frase de Santa Teresa que dice que en el mundo se han derramado más lágrimas por las plegarias atendidas que por aquellas ignoradas por el Altísimo. La idea es que cuando se alcanza la riqueza –el motivo de las oraciones— con frecuencia, se desencadenan miserias y desastres.

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Grandes cantidades de dinero, obtenidas y gastadas de la noche a la mañana, llevan a sus alegres beneficiarios a cometer majaderías sin cuento, de tal forma que, poco tiempo más tarde, terminan más pobres e infelices que cuando comenzaron sus días de gloria.

A los países poseedores de riquezas naturales les sucede algo semejante. Los descalabros de las economías petroleras son bien conocidos. Venezuela está hoy mucho peor que antes de que su petróleo alcanzara los altísimos precios actuales. Quienes piensan que esto se debe únicamente a Hugo Chávez, deben recordar que lo mismo le pasó con el auge de precios de los años setenta.

La economía colombiana salió de la histórica bonanza cafetera de esa época, como por entre un tubo, a la crisis fiscal y financiera de comienzos de los ochenta.

Colombia ya está sintiendo las tensiones que, mal manejadas, podrían llevarla a un desbarajuste económico. Las expectativas de grandes riquezas inducen a diversos grupos a exigir gigantescos aumentos de gasto público. Se proponen cosas que en las épocas de penuria eran impensables, cosas que individualmente podrían justificarse pero que, en conjunto y todas al tiempo, serían impagables: un generoso sistema de salud universal y gratuito, semejante al de Suecia o Noruega; una reducción generalizada de impuestos de renta (numerosos regalos dirigidos de impuestos se dieron en el gobierno pasado); la construcción acelerada de todas las autopistas, metros, tranvías, trenes, túneles y viaductos que el país no hizo a lo largo de su historia; pensiones gratis a todas las personas pobres que no ahorraron y no pueden ahorrar. Y la lista es más extensa.

El problema es que fácilmente se puede conseguir plata para gastar mucho más. Ante las buenas perspectivas económicas, Colombia podría colocar gigantescas cantidades de bonos en los mercados financieros.

Si el país decidiera gastar toda la plata que puede conseguir, muy pronto llegaría a tener una enorme deuda pública que, en el futuro, cuando se acabe la bonanza, no se podría pagar. Así, como en Grecia o Irlanda, vendrían las lágrimas por las plegarias atendidas.

Ante la posibilidad real de gastar sin límite, la única solución es el freno y el autocontrol.

El país, por fortuna, tomó varias decisiones para amarrarse las manos. Al igual que la prohibición constitucional de emitir para el Gobierno, éste es uno de los propósitos de las nuevas instituciones económicas. Por eso, y por iniciativa del mismo Gobierno, se aprobaron la regla fiscal, la norma de estabilidad fiscal y el ahorro forzoso de una parte de los ingresos de las regalías.

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La posibilidad de que el país maneje bien los recursos de esta bonanza depende fundamentalmente de que el Gobierno sea capaz de mantener un volumen de deuda sostenible en el largo plazo. La única forma de evitar las lágrimas colectivas es que el ministro de Hacienda cause dolor a algunos sectores aislados: que les niegue, les recorte o les posponga sus solicitudes. Ese es su deber.

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