En el Día de la Mujer no se destacó en forma suficientemente adecuada el hecho de que las mujeres, para nuestra fortuna, viven bastante más tiempo que los hombres.
Esta ventaja de las mujeres ha venido creciendo de manera sostenida en prácticamente todos los países del mundo desde la primera mitad del siglo XX. En 1960 las colombianas vivían 3,5 años más que los varones (58,6 versus 55,1 años). En 2018 la diferencia ya se había duplicado: la longevidad de las mujeres alcanzaba los 78,8 años y la de los hombres, 7,3 años menos, apenas llegaba a 71,5 años.
Se sabe que detrás de la mayor longevidad de las mujeres actúa una variedad de factores biológicos, médicos, ambientales y sociales.
Los factores biológicos son importantes. Así como los gorilas y las hembras de otros animales viven más que los machos, las mujeres parecen ser más robustas y menos vulnerables que los hombres. Los varones, por la naturaleza de sus cromosomas, por ejemplo, desarrollan un tipo de grasa alrededor de sus órganos que los hace más propensos a las enfermedades cardiovasculares, una de las principales causas de muerte en la actualidad.
Otro elemento que podría explicar la mayor mortalidad de los hombres es la testosterona, una hormona que está asociada directa o indirectamente con la agresión, la violencia y la asunción de riesgos, comportamientos típicamente masculinos. Aún después de los intentos de alcanzar la paz, la violencia sigue siendo la segunda causa de mortalidad en Colombia (las bandas criminales, las mafias y los grupos armados, legales e ilegales, están compuestos, mayoritariamente, por hombres). En cuanto a los riesgos, donde también confluyen elementos culturales, los hombres, especialmente los jóvenes, realizan más estupideces que las mujeres: fuman más, beben más, manejan más motos, practican deportes extremos y comen más desordenadamente (los rusos, que viven 13 años menos que las rusas, a diferencia de sus mujeres, fuman y beben como locos).
En el siglo XIX, a pesar de sus ventajas biológicas, las mujeres no vivían más que los hombres. Por este motivo, algunas investigadoras han tratado de explicar el cambio que se presentó en el siglo XX. Por un tiempo se pensó que el factor determinante fue la caída de la mortalidad en los partos a raíz de los avances de la medicina. Sin embargo, hace poco las economistas Lleras-Muney y Goldin observaron que en el pasado las mujeres estuvieron más expuestas que los hombres a un sinnúmero de enfermedades infecciosas y que, aunque muchas sobrevivían a dichos males, sus organismos quedaban seriamente afectados y así se acortaban sus vidas. Su tesis consiste en que el progreso alcanzado en el combate de dichas enfermedades infecciosas benefició en forma más que proporcional a las mujeres, un hecho que explica la notable prolongación de sus vidas.
Otros investigadores, que postulan una relación directa entre la educación y la salud, señalan que la masificación de la educación de las mujeres en el siglo XX, con la cual se corrigió su gran atraso histórico, también contribuyó, a través de numerosos mecanismos, a elevar su longevidad.
En el Día de la Mujer nadie comentó que las mujeres vivían más a pesar de tener que soportar las tonterías y abusos de los hombres, con frecuencia relacionados con su afán de dominación, su búsqueda del poder y el frecuente uso de la violencia.