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17 de mayo de 2014 - 09:00 p. m.

Algunas sociedades y ciertos sistemas exhiben una terca tendencia a mantener sus resultados alrededor de niveles conocidos y predecibles.

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Cualquier desviación, reforma o alejamiento de lo tradicional es siempre transitoria. Pronto sigue un retorno a los valores conocidos, tradicionales (en matemáticas estos sistemas se denominan como “mean reverting”, o sea, que vuelven al promedio).

Colombia, por razones como el peso de la costumbre, el temor a lo nuevo y la gran influencia de intereses creados, es un país que hace gala de grandes dificultades para renovarse e introducir reformas que le permitan dejar atrás lo conocido, lo dañino y lo convencional.

Uno de los casos más conocidos consiste en que, después del intento de llevar a cabo la apertura de la economía a comienzos de los noventa, poco a poco se tomaron medidas proteccionistas que deshicieron buena parte de la reforma inicial. Hoy Colombia, nuevamente, tiene una de las economías más protegidas del continente americano, especialmente en el área agrícola, tal como lo muestran varios estudios recientes.

Asimismo, el efecto de los repetidos esfuerzos para eliminar el exceso de trámites y los infinitos permisos de la burocracia tiene poca duración. Como las malas hierbas, ellos renacen y se fortalecen inmediatamente después de cada intento de poda, hasta que, un tiempo después, ante el ahogo, se intenta nuevamente extirpar la tramitología. Todo en vano. Parece que estamos condenados a las autenticaciones, los sellos y los vistos buenos.

Después de la revocatoria del Congreso que ordenó la Constituyente de 1991, con el propósito de renovar la representación popular, volvió la misma clase política que se quería reemplazar. Y lo mismo ha sucedido, una y otra vez, al cabo de cada reforma que se ha intentado desde entonces.

La Constitución eliminó el control previo de la Contraloría con el fin de evitar el cogobierno y la corrupción. A lo largo de dos décadas, sin embargo, se introdujeron figuras como el control de advertencia y diferentes formas de control preventivo que, en la práctica, han vuelto a instalar la intervención de la Contraloría en todas las etapas de los procesos administrativos.

Cualquier observador, tal vez con alguna exageración, podría anotar que con el ánimo de mantener la tradición de tener malos alcaldes, el electorado bogotano ha votado mayoritariamente en las últimas elecciones en contra de candidatos como Peñalosa que se sabe que son competentes. Añadiría ese mismo observador que las buenas alcaldías fueron pasajeras desviaciones de un terco apego al mal gobierno.

También podría anotar, de acuerdo con las últimas encuestas, que Colombia estaría cerca de entregarle, otra vez, el poder del Estado al expresidente Uribe y que no se debería descartar su propia reelección indefinida.

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Por esta seria dificultad de cambiar, de ensayar lo nuevo, por el apego a lo tradicional, es tan común que, con escepticismo sobre el alcance y duración de las reformas que se emprenden en Colombia, se repita la frase de que “todo cambia para que nadie cambie”. Esto, en otro terreno completamente distinto, nos puede llevar a recordar que, en materias afectivas, ante la imposibilidad de buscar nuevas compañías, muchos compatriotas cantan apasionadamente un himno al regreso hacia lo conocido, el que dice “siempre se vuelve al primer amor”.

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