El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.

En el sol de los venados

26 de diciembre de 2019 - 12:00 a. m.

Me fui de Cúcuta hace 18 años y aunque solía volver para visitar a mis padres, esos retornos eran superficiales.

PUBLICIDAD

Volver tiene otro significado: es una forma distinta de ver y andar la ciudad, de relacionarse con la gente y de pensarse a uno mismo en ese espacio que cree conocer, pero que redescubre. Ahora no hay afán. No está la necesidad de buscar las novedades y de juzgar con lentes ajenos las nuevas construcciones o los deterioros de las que siempre han estado ahí.

Volver implica andar más despacio y detenerse frente a una casa, un monumento o la sombra de un árbol, descifrando signos ocultos entre la cotidianidad de las cosas. Comprender, por ejemplo, que las calles no son amplias para que el tráfico sea más llevadero en los días de calor, sino que su trazado obedece a una tragedia. Aquel desagarramiento de la tierra que ocurrió el 18 de mayo de 1875, cuando un terremoto destruyó la ciudad y mató a la mitad de la población. El miedo a una nueva tragedia hizo que el rediseño urbano estuviera dominado por espacios amplios, de manera que la gente pudiera resguardarse de la caída de techos y paredes.

En estos días de aprendizajes y reencuentros, un amigo me señaló el oriente y me habló de la ciudad teniendo como referente los cerros de Cúcuta, “un día en que la noche esté despejada tenemos que subir al cerro de Tasajero y ver desde allí los relámpagos del Catatumbo”, me dijo. Pensar en esa imagen me pareció fascinante, casi mística, pues saber que estamos a un relámpago de distancia con esa región genera un vínculo que no cabe en los mapas.

“Ca-ta-tum-bo”, repetí en voz alta, sintiendo el golpe de cada fonema en la lengua e imitando con las sílabas el eco de un tambor. Entonces le conté que mi padre me había explicado, cuando era niño, que Catatumbo significa en lengua barí “la casa del trueno”. Me había contado esa historia en uno de sus regresos de Tibú, cuando trabajaba en la electrificadora del departamento trazando las redes que llevarían la luz a esa región.

Ese mismo fenómeno y otros que se juntan alrededor de las montañas que cercan la ciudad crean los atardeceres más bellos que tiene el país, conocidos como el sol de los venados. Allí, sobre los cerros, el rojo adquiere matices que desafían la luz, y de repente todas las nubes parecen juntarse como un manto que anticipa la noche. No es una oscuridad que llega de golpe, es como si estuviéramos presenciando el nacimiento del mundo.

Conocer la historia de un territorio genera un vínculo con los afectos más entrañables, nos da un lugar en la historia y llena de sentido la cotidianidad de los recuerdos. Llevo semanas leyendo y hablando con personas sobre Cúcuta, como una forma de aprendizaje de las calles que ahora vuelvo a recorrer; es un deseo inexplicable de sentir las cosas más simples y de renunciar a la observación superficial que pasa de largo por la ciudad.

Volver a Cúcuta no es entonces regresar a un lugar, sino encontrarme con algo que no sabía perdido; es fascinarme con “el venado rojo que corre por los cerros”, como escribió el poeta Gaitán Durán; es sentir que el tiempo es nuestro y que la vida está en todas partes.

@arturocharria

Conoce más

Temas recomendados:

Ver todas las noticias