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Estética del deterioro

07 de febrero de 2019 - 12:00 a. m.

Hay ciertas casas por las que solemos pasar y que se quedan en nosotros. Cada vez que repetimos determinada calle, nos detenemos y miramos sus fachadas, como intentando entrar en su historia. Son casas que parecen haber estado ahí desde siempre. A veces la curiosidad se convierte en una fascinación melancólica, pues nos sentimos atraídos por aquello que se destruye lentamente ante nuestros ojos. 

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Esas construcciones nos hablan del tiempo. Cuando nos detenemos en esos lugares nos fijamos en el desvencijado marco de una ventana, en la pintura que se desgaja de las paredes o en la hierba que crece de forma irregular y cubre con un manto los ladrillos de la entrada. Sin embargo, no se trata de un montón de ruinas que se acumulan por toda la ciudad, sino de la certeza del cambio al que todos estamos expuestos. La ciudad está llena de casas que se desmoronan día a día, de la misma manera que por las calles transitan cientos de personas cayéndose a pedacitos, como una hoja de papel que se arruga y jamás recupera su consistencia.

Nadie se derrumba de un día para otro: es un proceso lento, compuesto por pequeñas derrotas que nos golpean, como una gota de agua que cae todos los días sobre la pared más sólida de una casa hasta derribarla. En La espuma de los días, la novela de Boris Vian, Chloé adquiere una extraña enfermedad, una planta acuática crece en su pulmón derecho. Para evitar que la planta florezca en su interior y obstruya sus pulmones, Chloé debe evitar beber líquidos. A medida que la enfermedad avanza, la casa se desmorona, los espacios se encogen y la luz desaparece. Chloé muere de sed y la casa se convierte en una cueva llena de pasadizos.

Pero no sólo esas viejas casas nos cautivan, pues la ciudad está poblada por abandonos. Por ejemplo, en las paredes de algunos edificios aún se pueden ver anuncios de productos que ya no existen. Son imágenes que conservan algo de color, y el pigmento perdido es una metáfora del tiempo, como un árbol que pierde sus hojas. Hace poco vi, en un muro que separaba dos casas, una carta de amor pegada en forma de cartel. Estaba incompleta, tenía grandes trozos arrancados con esa rabia que produce el desamor. La carta comenzaba: “Bonita, Desde hace mucho tiempo he tenido ganas de escribirte, de hacerte saber de mis días, mis horas, lo que se ha vuelto mi cotidianidad: mi trabajo tan acostumbrado, tan monótono, tan cansado”. Del autor nada se sabe y la carta sigue perdiendo pedazos cada día. Quizá un día pinten la pared para rejuvenecer la fachada o las aspiraciones de un político borren aquellas palabras que sí son sinceras. La ciudad es un gran palimpsesto en el que se acumulan historias inconclusas. 

Por eso, es triste cuando una de esas casas habitadas por el deterioro desaparece, porque algo se va con ellas. Esas paredes, esos carteles y esos anuncios publicitarios también son parte de la ciudad, así como los son los parques y las calles. En el afán de todos los días dejamos de ver y de vernos en esos lugares que contienen la historia de la ciudad que también es la nuestra. La estética del deterioro es una forma de habitar esos lugares por los que transitamos diariamente y, sobre todo, es una manera de aprender a ver la ciudad: de ver belleza en donde otros solo ven un montón ruinas.

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